Mi patria es todo el mundo.

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Mariana Pineda

Lorca, en su obra, busca definir el carácter de Mariana entre el amor y la libertad. Ya condicionado por la misma sociedad, el personaje de Mariana es inducido a bordar la bandera debido al amor que siente por Don Pedro de Sotomayor. “En la bandera de la Libertad / bordé el amor más grande de mi vida” hará decir al personaje al momento de entrar en la capilla para esperar su muerte.

Ella es a la vez la mujer, Marianita, que da todo su amor por el amor mismo, entregada a su amado Pedro, y también el personaje histórico, Mariana de Pineda, que muere por su honor, por no traicionar a sus compañeros, encarnando los ideales de esa lucha liberal y convirtiéndose en heroína.

Lorca quería mostrar estos dos lados en la figura “Uno amplio, sintético, por el que pueda deslizarse con facilidad la atención de la gente. Al segundo – el doble fondo- sólo llegará una parte del público”. (García Lorca. Federico, 1980)

Es lo más destacado de este personaje el cambio que atraviesa, al tomar conciencia de su muerte, al dejar su pasión amorosa de lado, y su ira por ser traicionada por los liberales que huyen. Mariana Pineda decide convertirse en esa misma Libertad tan anhelada por Pedro, volviéndose una metáfora que Federico plasma con gran énfasis en un apasionado monólogo final. Exaltando en este final -como lo hará a lo largo de su obra con otros personajes femeninos- cualidades como la valentía y el coraje, encarnados en estas éstas mujeres que a pesar de ser quienes supuestamente no tienen voz, serán quienes tendrán en última instancia, la iniciativa y la determinación.

“Amas la libertad por encima de todo,
pero yo soy la misma Libertad. Doy mi sangre,
que es tu sangre y la sangre de todas las criaturas.
¡No se podrá comprar el corazón de nadie”.

“¡Yo soy la Libertad por que el amor lo quiso!
¡Pedro! La Libertad, por la cual me dejaste.
¡Yo soy la Libertad, herida por los hombres!
¡Amor, amor, amor y eternas soledades!”

“¡Oh, que día tan triste en Granada
que a las piedras hacia llorar,
al ver que Marianita muere en cadalso,
Por no declarar!”

 

superduque

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Contador

Otoño

Es otoño,
los pájaros se irán
a lejanos confines
allende el mar.
mueren antes los días,
y no vendrás.
Es otoño
caen las hojas
de nuestro calendario
cuál alfombra amarilla
cubriendo como velo
aquellos días,
mas, no estás.

Contador

fin

superduque

 

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Firmar

 

Contra el T.T.I.P.

NO A LA LEY MORDAZA

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Encuentro

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Ayer te vi
Eras luna o estrella
solo se que vi tu luz cual bella
en enjambrado halo de misterio.

Fulgente trozo de mi sueño,
eras tu,
o el flagante tono de otro tiempo
donde cálidas ondas
dibujaban signos de amor y recuerdos.

Volví la cara hacia el infinito
rindiendo mis pasados pensamientos
vida y sentimiento, sabrás tu
que me miraste y tembló tu cuerpo.

superduque

adios agosto adios

Como diría el poeta
vótame si no me ignoras
que la ignorancia es la madre
de todas las desventuras

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Contador

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Contra el T.T.I.P.

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Contra el T.T.I.P.

NO A LA LEY MORDAZA

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Contador

adios agosto adios

Pacto de amor

Conjuro a Ana, triste Plutón,

mujer que el huracán en su cabello

reduce a una caricia y a un destello

y al sol cuando lo mira hace varón;

al canto del cisne de la creación,

la de todo lo hermoso, lo más bello.

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Yo, por este contrato infernal

sello darte mi vida y toda mi pasión;

y así, sabiendo que no la merezco,

juro en un soneto y prendo en una flor que

eternidad, sangre y alma desprecio

y que yo a ti para siempre me ofrezco,

que todo mi ser consagro por su amor,

si es que para un ángel, el alma es precio. “

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Anoche encontré estos versos ardiendo
dentro de mi alma; y quemándome la vida,
abrasándome las manos, los puse en palabras.
Han dejado dentro de mí llagas tan profundas
como tus ojos, cada una con la forma de tu boca.
Ahora es un soneto infernal de amor.

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Sé que le faltan muchas cosas: decir, por ejemplo,
que tus manos son diez cuchillos de plata perfecta
que clavan la mirada a cuanto tocan,
que el brillo de tus ojos mirando al cielo,
tiene ese imposible color del arco iris
que tal vez sea el de tu propia alma.

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Sé que le faltan muchas cosas;
pero yo los encontré así, y así eran sus llamas.

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Te parecerá una osadía desproporcionada
ofrecértelos junto con una flor.
Seguramente sea una locura para ti porque los ángeles
ignoráis los fuegos del Averno.
Quizá si alguna vez hubieses estado enamorado,
lo comprendieras.

superduque

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María la portuguesa

Cinco de enero de 1985, 3 de la tarde. Un joven contrabandista onubense carga cuatro cajas de marisco en su patera, en la ribera portuguesa del Guadiana, para venderlas de forma clandestina en la costa de Huelva. El río es la frontera natural entre el último pueblo de España, Ayamonte, y el primero de Portugal, Castro Marim. Aún no hay puente y sólo se puede cruzar en barco. El contrabandista se llama Juan Flores, ayamontino de 35 años, casado y con dos hijas. Es víspera de Reyes y Juan realiza el encargo para, con lo que cobre, comprarle una muñeca Nancy a las pequeñas.

En el momento de zarpar aparece una patrulla de la guardia costera portuguesa, los conocidos como “guardinhas”. El cabo António Nunes (recién llegado de la Guerra de Angola) se acerca al contrabandista y, sin darle el alto, le descerraja dos tiros a bocajarro. Uno le atraviesa el abdomen.
El otro le perfora el corazón y lo mata en el acto.

La misteriosa mujer de negro

El asesinato se comete en tierras lusas, por lo que el cuerpo es trasladado a una morgue de Portugal. Allí, el contrabandista no tiene a nadie que vele el féretro. La familia reside en Ayamonte y no puede ir a reconocer el cadáver hasta que zarpe el primer transbordador hacia Portugal a la mañana siguiente. Y en lo que debería haber sido un velatorio desierto, una misteriosa mujer, vestida de negro, permanece durante toda la noche al lado del féretro.
El crimen salta a los medios de comunicación y provoca una revuelta ciudadana en Ayamonte. Miles de vecinos salen a la calle protestar por el asesinato a sangre fría de su paisano. Todos los coches con matrícula portuguesa estacionados en la ribera española son apedreados o lanzados al río Guadiana por ayamontinos furiosos. El suceso se convierte casi en un asunto de estado y provoca conflictos diplomáticos. Para intentar enfriar los ánimos, el cadáver no es trasladado a Huelva hasta el día 9 de enero (paradójicamente, la fecha de cumpleaños del difunto). Durante esos 4 días, la misteriosa mujer de negro permanece firme velando el cadáver, sin relacionarse con nadie y esquivando todas las preguntas que le formulan. Sólo comenta que se llama “María”.


La mañana del 9 de enero se autoriza la repatriación del cadáver, que es trasladado en el transbordador. La misteriosa mujer de negro ruega que le dejen subir. Los allegados del finado se niegan. El barco zarpa hacia España con el féretro. Aunque la mujer se queda en tierra, cuando el barco atraca en Ayamonte, ella ya está allí. Ha logrado cruzar el río antes que el transbordador y nadie sabe cómo.
Los periódicos de la época publican fotos del multitudinario funeral. Los vecinos pasean el ataúd de Juan Flores por las calles de Ayamonte. Y en primera línea del cortejo fúnebre, vestida de luto riguroso y con una corona de flores, se encuentra la misteriosa mujer, tal y como recogen las instantáneas que publican los medios locales.

Un crimen convertido en himno

El mítico cantante granadino Carlos Cano conoce la historia y empieza a trabajar en una copla basada en el suceso. La concluye en 1986 y se publica en 1987. La titula “María la portuguesa” y se acabó convirtiendo en el mayor éxito de su carrera. Es su canción más reproducida y ha sido versionada por artistas como María Dolores Pradera, Joaquín Sabina, Dani Martín o Enrique Urquijo. La tonada acaba de cumplir 30 años.
Pronto empezaron a circular infinidad de rumores sobre la identidad de María, la misteriosa mujer de negro que protagoniza la canción. ¿Era un amante del asesinado, como apunta la copla? ¿Era una socia del negocio del contrabando? ¿Era, sin más, una persona de buen corazón que se apiadó de la soledad del finado? ¿Mató el “guardinha” a Juan Flores en un ataque de celos por María?
La letra de la canción, en fragmentos:
“En las noches de luna y clavel,
de Ayamonte hasta Villareal,
sin rumbo por el río, entre suspiros,
una canción viene y va.
Que la canta María
al querer de un andaluz.
María es la alegría y es la agonía
que tiene el sur…”

La verdadera identidad

Ahora, coincidiendo con el 30 aniversario de la creación de la copla, se desvela la identidad de “María la portuguesa”, que ni se llamaba María, ni era portuguesa. Su nombre era Aurora y era española. . Aún hoy, Aurora es un símbolo en ese municipio. Fue una mujer adelantada a su tiempo. Prostituta de lujo (y orgullosa de ello), sus clientes formaban parte de lo más granado de la alta sociedad portuguesa. Con 60 años dejó de ejercer y empezó a vivir del contrabando. A los pocos años empezó a tener problemas mentales y sufrió síndrome de Diógenes.
“María la portuguesa” se llamaba en realidad Aurora Murta Gonzaga y nació en Ayamonte (Huelva) el 23 de agosto de 1923. Curiosamente, el nombre con el que fue bautizada al nacer sí que fue María. María de los Ángeles. Su madre falleció durante su parto y de su padre nada se sabe. Fue criada por una pareja de vecinos, española ella y portugués él.
Exiliada por la Guerra Civil

En septiembre de 1936, este vecino portugués que ejercía de padre iba a buscar a su esposa con una rosa en la solapa. Fue confundido con un militante socialista, apresado y enviado al paredón. Cuando estaba a punto de ser fusilado, los militares reconocieron su error -“Éste es un portugués que pasaba por aquí y no se ha enterado de nada”- y fue liberado. Pero haber visto la muerte tan de cerca le llevó a tomar la decisión de escapar de la guerra y volver a Portugal. Se llevó a su mujer y a su hija adoptiva. Allí, para no tener que dar explicaciones sobre la verdadera identidad de la adolescente María de los Ángeles, la inscribieron con un nuevo nombre y los apellidos del matrimonio. La hicieron pasar por su hija biológica.
Así nació, con 13 años, Aurora Murta Gonzaga. O al menos su nueva identidad.
Aurora se mudó con su familia adoptiva a Vila-Real de Santo António. Allí, la que pasaría a la posteridad como “María la portuguesa” era conocida como Aurora “La Española” o “La Salerosa”, o “La Malhablada” por su tendencia a utilizar tacos en su vocabulario. Enseguida se hizo popular entre sus vecinos por varios rasgos inconfundibles de su carácter: su fuerte personalidad (agresiva y violenta en ocasiones), su sentido del humor, su carisma desbordante, su humanidad y su apasionamiento por los hombres.
Aurora se casó con 17 años con Lino Santos, un portugués que trabajaba en los astilleros del puerto y del que se enamoró perdidamente. Con Lino tuvo un hijo, pero rompieron la relación porque ella decidió que no era “mujer de un solo hombre”. Tenía 35 años, abandonó a su marido y empezó a ejercer la prostitución para salir adelante. Su hijo, avergonzado del trabajo de su madre, decidió irse voluntario a luchar a la Guerra de Angola. Jamás regresó.
Lino, nieto de Aurora, muestra una foto de su padre y su abuela

A Aurora le encantaban los bares y las fiestas. La noche era su hábitat natural. Y no tardó en darse cuenta de que su porte, su físico privilegiado y su gracejo natural le permitían relacionarse con la alta sociedad portuguesa. Era una mujer de cuerpo escultural, pelo claro, ojos enormes y siempre vestida de forma elegante. Fue así como empezó su carrera de lo que hoy se conoce como “escort” (prostituta de alto standing). Entre sus conquistas se contaban jueces, capitanes de barco, políticos o toreros. Cuando subió su nivel adquisitivo, abandonó la degradada casita que ocupaba en Lazareto (el barrio más pobre de Vila-Real) y se mudó a una casa más amplia y lujosa en el cercano pueblo de Hortas.

“… que conoció a ese hombre
en una noche de vino verde y calor.
Y entre palmas y fandango
la fue enredando, le trastornó el corazón.
Y en las playas de isla
se perdieron los dos.
Donde rompen las olas, besó su boca
Y se entregó…”
Rechazó a la Reina de Inglaterra

Su único descendiente vivo, su nieto Lino Santos, confirma que su abuela ejerció la prostitución durante la mayor parte de su vida: “Ella proclamaba sin pudor que era una puta fina; sus clientes eran pudientes e importantes”. Lino aún conserva una caja con los escasos recuerdos que le quedan de su abuela. Uno de ellos confirma la relación que tenía Aurora con la alta sociedad europea: se trata de una invitación a una fiesta de Navidad que daba la Reina de Inglaterra en el Palacio de Buckingham para celebrar el año nuevo. A este festejo fue invitada por un patrón de trasatlántico que se enamoró de ella. Aurora declinó asistir porque “son muchas horas en barco ‘pa’ una fiesta”.
Aurora rechazó una invitación para la fiesta de Navidad de Buckingham Palace.

Otro de sus clientes más famosos fue Ricardo Chibanga, el primer torero negro de la historia. Nacido en Mozambique, Chibanga la invitaba a ir a la plaza siempre que toreaba en Vila-Real y le brindaba los toros. Cuenta el nieto de Aurora que “una tarde estábamos viendo la corrida y Chibanga sufrió una cogida. Ella, sin soltarme de la mano, salió corriendo de las gradas y, esquivando a la seguridad, se coló como una loca en la enfermería gritando ‘¡Que me matan a mi negro!’, mientras yo no entendía qué estaba pasando”. Finalmente, Chibanga sobrevivió.

Que Aurora ejerciese la prostitución en su casa enojó sobremanera a los vecinos. Su nieto Lino recuerda que en una ocasión la intentaron echar de su casa. Un nutrido grupo de vecinos y vecinas se presentaron en su casa amenazándola con desahuciarla “por ser una puta”. Ella, lejos de arredrarse, salió a la calle, se encaró con una mujer y, chillando en español, le espetó: “¿A mí me vas a llamar puta, cuando tú engañas a tu marido y encima no cobras?”. Luego se giró hacia otra vecina y le gritó: “Y tu marido querrá echarme, pero se acostó conmigo anoche”. Tras ese episodio, los vecinos no volvieron a amenazarla y la dejaron vivir (y ejercer) tranquila.
Aurora siempre se declaró una apasionada de los hombres, pero jamás dejó que la sometiesen. Fue, según sus vecinos, “una adelantada a su tiempo. Ella siempre mandó sobre los hombres que pasaron por su vida. Un alma libre. Nunca le importó el “qué dirán”. Al contrario, le gustaba provocar. Hacía bandera de ser una prostituta en una época en la que la sociedad era profundamente machista y conservadora. Era una revolucionaria. Mientras la inmensa mayoría de las mujeres no podían salir a la calle sin estar acompañada de sus maridos, Aurora cambiaba de pareja más que de camisa”, rememora Liset, una vecina de Vila-Real que ahora tiene 90 años.
Pero no sólo ejercía la prostitución por dinero. El principal rasgo diferencial de su personalidad, además de su fuerte carácter, era su gran corazón. Por eso era capaz de encamarse con el patrón de un barco para conseguir que le diese trabajo a su vecino, “que el pobrecito tiene 4 hijos, está en el paro y necesita echarse a la mar”. Es anécdota la repitió con orgullo hasta el final de sus días, según cuentan en la residencia de Manta Rota (Algarve) donde falleció en 2011.

Persecuciones políticas
Y es que lo que definía a Aurora Murta Gonzaga era su infinita humanidad. No tenía ningún reparo en meterse en líos si eso suponía poder ayudar a sus semejantes. En una ocasión, el artista portugués Manuel Cabanas (xilógrafo) se encontraba en Vila-Real huyendo de la policía política portuguesa que le perseguía por motivos ideológicos. Eran los tiempos de la dictadura de Salazar y nadie en el pueblo, por miedo, quería dar cobijo a Cabanas. Aurora lo escondió en su casa durante tres días. Cuentan los vecinos que la policía registró todas las viviendas del pueblo menos la de Aurora. Algunos dicen que porque no creían que fuesen a encontrar al artista en casa de una prostituta. Otros, que Aurora se enfrentó con los agentes y les impidió entrar en su morada. Sea como fuere, Cabanas consiguió burlar a las autoridades y se salvó.

Una de las pocas fotos que aún se conservan de Aurora
Aurora tenía bien diferenciado el papel de los hombres en su vida: por un lado estaban sus clientes, que le permitían vivir de forma holgada. Por otro lado estaban sus amantes: “Se encaprichaba enseguida de un hombre y lo amaba con todas sus fuerzas. Sufría, lloraba de amor, se peleaba, agredía… y tan pronto como le venía el enamoramiento, se le pasaba y echaba al amante de turno de su casa para colgarse de otra persona”, reconoce su nieto.
Su físico le dio para prostituirse hasta los 60 años. Ahí empezó el declive físico. Se quedó sin clientes y decidió dedicarse al contrabando. Compraba en Portugal y revendía más caro en España. “Ella pasaba de todo por la frontera: tabaco, azúcar, marisco… y los guardias fronterizos hacían la vista gorda porque era muy conocida y la quería todo el mundo”, confiesa otra vecina que vivió aquella época.
Recuerda esa vecina que “una vez nombraron a un inspector fronterizo nuevo, que venía de la ciudad de Faro, para controlar el contrabando. No la conocía y cuando la vio pasar la detuvo para preguntarle si llevaba algo clandestino bajo la ropa. Ella se burló del agente y le contestó ‘que sí, que lo llevo todo metido en el shosho’. El inspector se enojó y la amenazó con detenerla. Aurora, en lugar de amedrentarse, se subió el vestido, se bajó el sujetador y, enseñándole los pechos, le gritó al agente. “¡Este es el contrabando que me dio mi madre!”. A pesar del incidente, ni acabó detenida ni le consiguieron requisar nada.

“¡Ay, María la portuguesa!
Desde Ayamonte hasta Faro
se oye este fado por las tabernas.
donde bebe vinho amargo.
¿Por qué canta con tristeza?
¿Por qué esos ojos cerrados?
Por un amor desgraciado,
por eso canta, por eso pena”.
El romance que no tal vez fue
Fue en aquella etapa cuando conoció a Juan Flores, que por entonces contaba 35 años. La canción le atribuye un romance con el contrabandista de Ayamonte asesinado la víspera de Reyes. Y aunque Aurora fue una mujer que tuvo mil idilios, el que la convirtió en protagonista de una canción (y por ende en leyenda) es tal vez el único que no fue tal. Esa es la teoría que sostiene la familia de Flores. Su hija Lola lleva varios años inmersa en una cruzada que pretende “limpiar la memoria de mi padre. No tenía ningún ligue con esa mujer. La conocía de Ayamonte y del contrabando. La versión del romance es la más aceptada porque lo dice una canción, pero además de ser falsa, le hace mucho daño a mi familia”. Sobre todo a su madre, que según asegura Lola “quedó muy tocada emocionalmente de aquel suceso y no se llegó a recuperar”.
Lola pide “que no se olvide que se trata de una canción que Carlos Cano compuso como quiso. No hay un rigor histórico. Está basada en un suceso pero no lo relata. De hecho, en la letra hay otro error, porque dice que el protagonista llevaba langostinos de contrabando. Lo que llevaba mi padre eran 4 cajas de cigalas”.
El nieto de Aurora también se apunta a esa tesis. Cuando mataron a Juan Flores, Aurora ya tenía 63 años y no ejercía la prostitución. Su nieto, Lino, reconoce que “eso tampoco significa nada, porque a esa edad ella tenía un novio treinta años más joven que ella. Nadie sabe si mantenían una relación, porque ambos están ya muertos y es un secreto que ambos se han llevado a la tumba. Pero yo descartaría que hubiese amor de por medio. Tal vez se trataba de alguien con quien trataba por asuntos de contrabando y le tenía cariño. Él traficaba con marisco y ella con cualquier cosa”.
Hay incluso una tercera teoría. “Ella ayudaba a todo el mundo. Aunque tenía un carácter tan irascible, no soportaba ver a las personas sufrir. Así, si vio a un andaluz asesinado en Portugal sin familia que le velase, probablemente decidió quedarse con él por pena. Porque ella además siempre se sintió muy andaluza y muy española. Siempre que veía a un español pasarlo mal en Portugal le tendía su mano”, sugiere Lino.

“Dicen que fue el “te quiero”
De un marinero, razón de su padecer.
Que en una noche en los barcos
del contrabando, p’al langostino se fue.
Y en la sombra del río,
Un disparo sonó.
Y de aquel sufrimiento
nació el lamento
de esta canción”.

Cruzó el río con un contrabandista
Lino también se pronuncia sobre el hecho de que a Aurora no le dejaron subir al barco con el cadáver pero consiguió atravesar el río antes incluso que el transbordador. No tiene dudas. “Se conocía a todos los traficantes y contrabandistas de las dos orillas. Seguro que convenció a alguno para que le cruzase con lancha. No había persona más testaruda que ella. Y no me extraña nada que eso sucediese así porque ese tipo de comportamientos los tenía cada día”.
Aquel suceso la marcó. A partir de ese instante pareció perder el interés por los hombres. El único al que le hizo caso fue a un chico gay enfermo de sida que había sido repudiado por su familia. Ella lo acogió en su casa hasta que falleció.
Enloqueció y se apagó
Fue a finales de los 80 cuando empezó a perder la cabeza. Enloqueció. Su envidiable físico ya no era tal, el contrabando no daba tanto dinero como la prostitución y los hombres la abandonaron. Su nieto se había marchado a trabajar a otra ciudad y se quedó sola. Fue ahí cuando adquirió síndrome de Diógenes. Llenó su casa de perros, gatos y basura. Pasaba el día revolviendo en los contenedores y que las asistentas sociales intentaban vaciar por las tardes. “Las sacaba de casa a hostias”, señala Lino. Su rutina diaria consistía en ir pidiendo por los bares “100 escudos (unas 80 pesetas) para tomarme un café”.
Con 84 años se rompió la cadera e ingresó en una residencia geriátrica de la playa de Manta Rota (Portugal). Allí permaneció tres años. La enfermera Rosa Pereira pasó con ella la recta final de su vida: “Estaba postrada en una silla de ruedas y tenía una artritis terrible que apenas le permitía moverse. Pero jamás perdió su carácter. Cuando tenía que llamar a una enfermera se dirigía a nosotras como “Tú, cacho puta” o cosas peores. Era incorregible”. Rosa confirma además que “se pasaba el día contando anécdotas de cuando se prostituía. Y cuando se enfadaba con alguien, con esfuerzos se echaba mano a la blusa y le enseñaba sus pechos, como dicen que hacía cuando era joven”.
Sin embargo, a pesar de lo agrio de su carácter al final de su vida y su escasa movilidad, Aurora “movía los brazos para bailar cada vez que le poníamos sevillanas, coplas o cualquier canción andaluza”, rememora la cuidadora.
Aurora falleció el 21 de enero de 2011. A pesar de haber sido casi un icono en Vila-Real de Santo António, poca gente se enteró de su fallecimiento, al haber pasado los últimos tres años de su vida en otro municipio. Sólo 4 personas asistieron a su sepelio: su nieto Lino, una trabajadora de la residencia y dos vecinas. “Murió de vieja y murió serena. Se le agotó toda la energía. Se apagó”, sentencia su nieto echándose a llorar. “Es que no doy crédito. Todo el mundo conoce esa canción aquí. pero yo nunca imaginé que hablaba de mi abuela”.

“¡Ay, María la portuguesa!
Desde Ayamonte hasta Faro
se oye este fado por las tabernas.
donde bebe vinho amargo.
¿Por qué canta con tristeza?
¿Por qué esos ojos cerrados?
Por un amor desgraciado,
por eso canta, por eso pena”.
¿Qué fue de los protagonistas de la historia?

Al morir, Juan Flores dejó viuda y dos hijas. Su mujer nunca se acabó de recuperar de aquel suceso y ha declinado hablar de la cuestión. Lola, la hija menor, vive en Sevilla, trabaja cuidando ancianos y pelea por desmentir la versión que apunta a una infidelidad de su padre con aquella misteriosa mujer de negro. Su hermana pequeña reside en Alicante y no rehuye hablar del tema.
Sobre el cabo António Nunes (autor material del crimen) se contaron muchas leyendas. Fue condenado a 4 años de prisión de los que sólo cumplió 2. Explicaban en Ayamonte que vino tocado psicológicamente de la Guerra de Angola, y que tras el asesinato entró en prisión y fue abandonado por su familia. Este hecho provocó (presuntamente) que enloqueciese y fuese trasladado a un hospital psiquiátrico. Todo falso. Antonio Nunes sigue felizmente casado, trabaja de conserje en Vila-Real y, paradójicamente, se saca un sobresueldo cantando fados en los bares. Un fado como “María la Portuguesa”. Al ser preguntado sobre la historia, sigue negando haber sido el autor material de los disparos: “De aquello hace mucho y yo quiero olvidarlo. Lo único que puedo decir es que yo no lo maté”.
El único testigo del asesinato, António Da Silva (socio del contrabandista tiroteado) reside en Castro Marim (lugar de los hechos), está a punto de cumplir 89 años y desmiente al cabo Nunes. “Si es capaz, que me diga a mí a la cara que no disparó”, sentencia con rabia. Aún recuerda que “yo le traje el marisco a mi amigo Juan Flores y cobré 500 escudos para gasolina y 50 para un café. Llegué, vi como Nunes mató a Juan y cuando le empecé a gritar ‘criminal’, me contestó que si no me callaba me volaba la cabeza a mí también”.
Carlos Cano, el autor de la canción, falleció en diciembre de 2000. El periodista y amigo personal del cantautor Alejandro V. García recuerda que “se armó un lío tremendo con aquella muerte. Fue una noticia bomba. A poco de escribir la canción, Carlos me dijo un día: ‘voy a acabar hasta el gorro de este tema’. Desde el primer momento fue muy consciente de la importancia que iba a tener María la portuguesa”.
Aurora, por su parte, se apagó lentamente. Acabó sus días en una residencia geriátrica del Algarve, en silla de ruedas y repitiendo compulsivamente episodios acontecidos en su juventud. Sólo cuatro personas acudieron a su funeral. Sus restos reposan en el cementerio de Vila-Real de Santo António, a escasos metros de donde trabaja el autor de los disparos. Un crucifijo semienterrado y unas flores de plástico adornan su tumba. Cuentan los que la conocieron que Aurora bailó en numerosas ocasiones la canción “María la Portuguesa” pero murió sin saber que la copla hablaba de ella.
¿Hubo un romance realmente entre Juan Flores y Aurora Murta? La canción dice que sí. Por el pueblo creen que también. Las respectivas familias lo niegan. El misterio, sin embargo, nunca será desvelado, porque los dos protagonistas se llevaron el secreto a la tumba.
“¡Fado! Porque me faltan sus ojos.
¡Fado! Porque me falta su boca.
¡Fado! Porque se fue por el río
¡Fado! Porque se fue con la sombra”.

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Para Ana

Mi vida, cuanto te quiero,
el tiempo nada borró
mas mis ojos no te alcanzan,
y en mi locura diaria
buscaría por las las calles
tu posible semejanza.

Triste despojo del tiempo
que separó nuestras almas
cuando ahora solo espero
en la tímida esperanza
volver a sentirme amor
en los brazos de tus ansias

Después pensé, Miré al suelo
entre lamentos y lágrimas,
rogué a el cielo tu perdón
y entre las luces del alba
volver a verte, mi amor,
y oculto lloré de rabia.

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El ruiseñor y la rosa

Un ruiseñor vivía en el jardín de una casa.Todas las mañanas una ventana se abría
y un joven comía su pan…mientras miraba la belleza del jardín.
Siempre caían migajas de pan en el antepecho de la ventana.
El ruiseñor comía las migajas creyendoque el joven las dejaba a propósito para él.
Así, creció un gran afecto por aquel que se preocupaba en alimentarlo…aunque sea
con migajas.Un día el joven se enamoró. Pero al declararse, su amada impuso una
condición para retribuir su amor: Que a la mañana siguiente él le trajese la más
linda rosa roja.
El joven recorrió todas las floresterías de la ciudad, pero su búsqueda fue en vano.
Ninguna rosa…mucho menos roja.
Triste, desolado, fue a pedir ayuda al jardinero de su casa. El jardinero declaró
que él podría obsequiarla con petunias, violetas, claveles. Cualquier flor menos
rosas. Ellas estaban fuera de temporada; era imposible conseguirlas en aquella estación.
El ruiseñor habiendo escuchado la conversación quedó con pena por la desolación del joven.

Tenía que hacer algo para ayudar a su amigo a conseguir la flor. Entonces el ave buscó
al Dios de los pájaros, quien le dijo: – Tú puedes conseguir una rosa roja para tu amigo…
pero el sacrificio es grande y podría costarte la vida! – No importa, respondió el ave.
¿Qué debo hacer? – Bien, tendrás que encaramarte en un rosal y allí cantar la noche entera,
sin parar. El esfuerzo es muy grande; tu pecho puede no aguantar… – Así lo haré, respondió
el ave. Es para la felicidad de un amigo!
Cuando oscureció, el ruiseñor se encaramó enmedio de un rosal que quedaba enfrente de la
ventana del joven. Allí se puso a cantar su canto más alegre, pues precisaba esmerarse en
la formación de la flor. Una gran espina comenzó a entrar en el pecho del ruiseñor y cuanto
más cantaba, más entraba la espina en su pecho. Pero el ruiseñor no paró. Continuó su canto,
por la felicidad de un amigo.

Un canto que simbolizaba gratitud, amistad. Un canto de donación hasta de su propia vida!
Por la mañana, al abrir su ventana, el joven se detuvo delante de la más linda rosa roja,
formada por la sangre del ruiseñor. Ni cuestionó el milagro, enseguida recogió la rosa.
Al ver el cuerpo inerte de la pobre ave, el joven dijo: – Qué estúpida ave! Teniendo tantos
árboles para cantar, vino a posarse justamente enmedio del rosal que tiene espinas.
Por lo menos ahora dormiré mejor, sin tener que escuchar su tonto canto. Es muy triste,
pero desgraciadamente… Cada uno da lo que tiene en el corazón.
Y cada uno recibe con el corazón que tiene…
0scar wild

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