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Diótima y el amor

Diótima de Mantinea (en griego: Διοτίμα) es un personaje
que juega un papel muy importante en El Banquete de Platón.
Sus ideas son el origen del concepto de amor platónico. A
pesar de todo, no desdeña el papel de la belleza. Si hemos
de confiar en lo que nos dicen varios autores, habría
correspondido a un personaje real.

En El Banquete, una serie de hombres discuten sobre el
significado del amor, entre los que Sócrates es el orador
más importante. Él dice que en su juventud aprendió la
“Filosofía del Amor” de Diotima, quien fue una sacerdotisa
o vidente. Sócrates dice además que Diotima prescribió
sacrificios mediante los que se libraron con éxito de la
plaga que agobiaba a “Atenas” por 10 años. Diotima le da a
Sócrates una genealogía del amor, diciendo que es el hijo
de la Circunstancia y la Necesidad. En su visión el amor no
es delicado, sino rudo y mezquino. El chico amado es
delicado, pero el viejo amante que busca al joven es
mezquino y falso. Sobre el amor la más importante tesis de
Diotima es que, en realidad, éste es un anhelo por la
inmortalidad. Ella dice que tenemos un deseo de fama
eterna; sólo el sabio reconoce la diferencia entre la
procreación física y la espiritual. Existen dos tipos de
amor: el físico y el espiritual. Mientras el amor físico
trata de preservar a la persona y alcanzar la inmortalidad
a través de la descendencia, el amor espiritual da luz a
ideas y pensamientos, que de por sí son inmortales. El fin
ulterior del amor es ayudarnos a ascender al conocimiento
de lo divino. Se menciona poco a las mujeres que destacaron
en la filosofía de los primeros tiempos. Sin embargo, Sócrates
nombra a Diótima para señalar que le preguntó a ella respecto
al amor y otros conocimientos.

Diótima le explicó que la naturaleza, siendo mortal, busca
inmortalizarse por medio de la procreación, “porque siempre
deja otro ser nuevo en lugar del viejo”.
Luego le comentó que un ser humano cambia todo el tiempo,
nunca es el mismo: “sino que continuamente se renueva y
pierde otros elementos, en su pelo, en su carne, en sus
huesos, en su sangre y en todo su cuerpo.
Y no sólo en su cuerpo, sino también en el alma: los hábitos,
caracteres, opiniones, deseos, placeres, tristezas, temores,
ninguna de estas cosas jamás permanece la misma en cada individuo,
sino que unas nacen y otras mueren. Pero mucho más extraño todavía
que esto es que también los conocimientos no sólo nacen unos y mueren
otros en nosotros, de modo que nunca somos los mismos ni siquiera en
relación con los conocimientos, sino que también le ocurre lo mismo a
cada uno de ellos en particular”.

Después de ella, muchos repitieron esos planteamientos, pero fue
Diótima quien los lanzó al aire a través de Platón y de Sócrates.
Aunque esa manera de pensar era como una luz que alumbraba a los
pensadores. Mucho antes, Heráclito se la pasaba diciendo que un
río es distinto cada hora y quien se baña en esas aguas también
cambia constantemente. Más o menos eso es lo que dijo cuando habló
de que nadie se baña dos veces en el mismo río.
Que Diótima haya sido citada por Sócrates –y por Platón– revela la
sabiduría de la misteriosa señora. Y no fue la única: muchos filósofos
griegos tuvieron entre sus allegados a mujeres que lanzaban sus ideas
y conclusiones hacia un futuro que, lamentablemente, se ha convertido
en algo alucinante pero torpe.
Solo el amor salvara a la humanidad

superduque

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