Mi patria es todo el mundo.

Yahveh no es dios

Yahvé no es el Diós de Jesús

Historia de la evolución de la vida en el planeta, contada desde una perspectiva que se parece a la teoría del ocultismo, no todo, en especial la parte de los logos, excelente documental para comprender un poco mejor las cosas, igual no crean lo que dicen, solo investiguen, el que busca encuentra, dicen por ahí.

Jesús de Nazaret fue el mayor maestro espiritual de la historia, y los textos bíblicos, en especial el Antiguo Testamento, apuntan a que la filosofía de Jesús no tenía nada que ver con Yahvé, un Dios colérico, cuyo rostro verdadero era Enlil. ¿Quién era pues el “padre” compasivo, amoroso y sabio del que hablaba Jesús?..

Yavé-Jehová, el cruel

¿Conoce usted, querido lector, los libros del Antiguo Testamento en su hebreo original? ¿Es usted especialista en arameo, el idioma hablado por Jesucristo y sus discípulos, todavía conservado por algunas pequeñas comunidades sirias, entre ellas la atribulada ciudad de Malula? ¿Ha leído usted el Nuevo Testamento en el griego koiné en que se compuso? Yo tampoco. Todo mi conocimiento bíblico me ha llegado, como casi seguramente a usted, a través de traducciones. Y, como ya se sabe, traduttore, traditore.

Acabo de leer el Antiguo Testamento, en la versión inglesa de 1970, desde la primera palabra del Génesis hasta la última de Malaquías. Y lo que quiero decir en primer lugar es que Yavé, el Dios hebreo, me ha parecido un tirano abominable. No creo que por culpa de la traducción. Ninguna, por defectuosa que fuera, podría ocultar el hecho patente de que se trata de una deidad  tremebunda. Una deidad que, habiendo (se supone) inventado la risa, no suelta una en todo el volumen, y mucho menos una carcajada.

Yo ya sabía que era de cuidar, toda vez que a mí me tocó nacer en el seno de una familia protestante puritana más apegada al Antiguo que al Nuevo Testamento. Sabía, sí, por los pasajes del mismo leídos desde el púlpito, que nuestro Dios era muy exigente con los suyos. Que se  trataba de un Padre de marcada tendencia iracunda, satisfecho con su gente cuando se comportaba bien pero inexorable si dejaba de obedecer sus mandatos, que eran muchos. Lo que desconocía era la verdadera dimensión de su brutalidad. Ahora  lo sé. Y me he quedado helado.

El mismo Yavé se autoproclama en los textos sagrados dios vengativo, dios dispuesto a todo lo que haga falta. Una y otra vez les va recordando a los israelitas cómo les sacó de su larga esclavitud en Egipto y firmó con ellos una alianza para toda la eternidad. Cómo ha venido allanando para ellos el camino hacia Canaán, la Tierra de Promisión, repleta de leche y miel. Cómo les ha dado su palabra de limpiar el tan anhelado homeland de los adversarios que lo usurpan para que, cruzado el Jordán, lo puedan ocupar sin demasiada dificultad. Por todo ello, insiste, es su obligación amarle de manera incondicional. ¿Y qué hacen? Pues postrarse ante ídolos de su invención, elevar altares paganos, entregarse a otras aberraciones. Son incorregibles. Y por ello van a recibir su merecido. He aquí un dios que podría hacer suyo el famoso lema español de «Quien me lo hace me lo paga».

Cuesta trabajo entender una mentalidad capaz de amar a un dios tan implacable, que ahoga a su propia creación bajo un diluvio descomunal, ordena lapidar a los pecadores y que siempre, tras un provisional alto de fuego, vuelve a las andadas.

Las cifras de las pérdidas ocasionadas por su  intervención directa en los asuntos del pueblo elegido son espeluznantes. En 2/Samuel, por ejemplo, se nos relata que, para castigar una falta de David, organiza una pestilencia en Israel que mata la friolera de 70.000 personas.

En 2/Crónicas nos enteramos de cómo, enrabietado, interviene para que medio millón de los guerreros israelitas más escogidos, nada menos, sean despachados a gusto por el rey de Judá.

Si trata así a los suyos, no cuesta trabajo imaginar lo que hace con los enemigos declarados de estos, a quienes les suele enviar, cuando no los quita de en medio directamente con la espada justiciera, enfermedades y plagas de todo tipo (langostas, almorranas, sarna, tiña, locura, tumores… ).  «Ira y furor», así resume Moisés, su profeta, el proceder de Yavé.

EL ANTIGUO Testamento, al pie de la letra, es pura dinamita…, o bomba atómica. Y así lo toman los judíos ultraortodoxos de Israel, que pasan la vida aprendiéndolo de memoria y se están multiplicando tan bíblicamente que en 20 años podrían acceder al poder. El fanatismo (del latín fanum, templo) es siempre una calamidad, y más el fanatismo monoteísta. De ello saben mucho los cristianos, que estuvieron siglos matando, y entrematándose, en nombre de Dios y su Hijo Crucificado.

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En el año 586 a.C., el rey Nabucodonosor II, soberano del poderoso Imperio babilónico y representante en la tierra del dios supremo Marduk, rey de los dioses, abatió las murallas de Jerusalén, saqueó la capital del reino de Israel y redujo a cenizas el templo de los judíos. Miles de sus habitantes fueron pasados a cuchillo, y los pocos que sobrevivieron —sobre todo la élite culta, los sacerdotes, los militares y la realeza— fueron enviados al exilio en un claro intento de acabar con Israel como nación. Y si Israel dejaba de existir, lo mismo le ocurriría a su dios, Yahvé.

En el Oriente Próximo antiguo, una tribu y su dios se consideraban una sola entidad, unidos por un pacto en virtud del cual la tribu cuidaba del dios ofreciéndole culto y sacrificios, y este devolvía el favor protegiéndola de todo daño, ya fueran inundaciones, hambrunas o, en la mayoría de los casos, tribus extranjeras y sus dioses. De hecho, la guerra en el Oriente Próximo antiguo no se consideraba tanto una lucha entre ejércitos como una contienda entre dioses. Los babilonios conquistaron Israel no en el nombre de Nabucodonosor, su rey, sino en el de Marduk, su dios. Creían que este peleaba en el campo de batalla a favor de los babilonios y conforme a la alianza que Marduk había suscrito con Nabucodonosor.

Los israelitas tenían el mismo pacto con su dios. Yahvé era el señor de Israel, y por lo tanto le correspondía a él defenderlos. Las sangrientas batallas entre los israelitas y sus enemigos, que ocupan gran parte de los primeros libros de la Biblia, se presentaban explícitamente como una lucha entre Yahvé y los dioses extranjeros. De hecho, este se encargaba a menudo de planear, dirigir y ejecutar las batallas en nombre de Israel.

«David consultó entonces al Señor: “¿Puedo subir contra los filisteos? ¿Los entregarás en mi mano?”. El Señor respondió: “[…] No subas, haz un rodeo y los alcanzarás frente a las moreras”» (2 Samuel 5, 19-23).

Esta identificación explícita de una tribu con su dios nacional tuvo profundas implicaciones teológicas para los pueblos de la Antigüedad. Cuando Yahvé ayudó a los israelitas a aplastar a los filisteos, demostró que el dios de Israel era más poderoso que el de los filisteos, Dagón. Pero cuando los babilonios destruyeron a los israelitas, la conclusión teológica era que Marduk, el dios de Babilonia, era más poderoso que Yahvé.

Para muchos israelitas, la destrucción de su templo, la Casa de Yahvé, suponía algo más que el fin de sus ambiciones nacionales. Era el fin de su religión. Privados de los ritos y rituales que constituían la base de su devoción religiosa y, por lo tanto, de su propia identidad como pueblo, no tenían más remedio que rendirse a la nueva realidad. Adoptaron nombres babilónicos, estudiaron las escrituras babilónicas y comenzaron a adorar a los dioses babilónicos.

Quizá la destrucción y el exilio de Israel formaran parte del plan divino de Yahvé desde el principio

Pero entre los exiliados había un grupito de reformadores religiosos que, ante la perspectiva inaceptable de reconocer la derrota de Yahvé a manos de Marduk, hallaron una explicación alternativa: quizá la destrucción y el exilio de Israel formaran parte del plan divino de Yahvé desde el principio. Tal vez estaba castigando a los israelitas por creer en Marduk. Quizá Marduk no existía.

Fue precisamente en este momento de angustia espiritual en que el reino de Israel había sido devastado y el templo de Yahvé, derribado y profanado, cuando se forjó una nueva identidad, y con ella una manera completamente nueva de entender lo divino.

Primera aparición

El dios que acabaría llamándose Yahvé hizo su primera aparición, en forma de zarza ardiente, en algún lugar del desierto pedregoso del noreste del Sinaí. «Este es mi nombre para siempre —le dice Yahvé al profeta Moisés—, y así me llamaréis de generación en generación» (Éxodo 3, 15).

Moisés se encuentra en este desierto baldío, dice la Biblia, porque huye de la ira del faraón. Según el libro del Éxodo, los israelitas que, unas pocas generaciones antes, habían seguido a los descendientes del patriarca Abrahán a la tierra de Egipto se habían vuelto tan numerosos y poderosos que fueron despojados de su riqueza y libertad y forzados a la esclavitud. Tan temidos eran en Egipto que el faraón en persona ordenó que ahogaran en el Nilo a todos los israelitas recién nacidos.

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Sin embargo, fuera como fuese, un niño se salvó. Sus padres, descendientes de sacerdotes levitas, lo metieron en una canasta de papiro cuando solo tenía tres meses y dejaron que la corriente lo arrastrara entre los juncos de la orilla del río, donde lo encontró la hija del faraón, que se apiadó del niño, lo llevó consigo y lo crio como a un miembro de la realeza egipcia.

Un día, cuando Moisés ya era mayor, se mezcló entre la gente y presenció el trabajo agotador que se imponía a los israelitas. Vio a un capataz egipcio que golpeaba a un esclavo israelita y, en un arrebato de ira, Moisés mató al egipcio. Temiendo por su vida, huyó de Egipto y buscó refugio en lo que la Biblia llama «la tierra de Madián». Allí conoció a un «sacerdote de Madián» que lo acogió en su hogar y su tribu y le dio a su propia hija, Séfora, en matrimonio.

Pasaron muchos años, durante los cuales Moisés rehízo su vida con su familia madianita en la casa de su suegro el sacerdote. Una tarde, mientras cuidaba del rebaño de este, Moisés lo condujo más allá del desierto, hasta el pie de un lugar sagrado para los madianitas llamado «la montaña de Dios». Allí fue donde se encontró con la deidad misteriosa que se presentó como Yahvé.

El Dios verdadero no necesita nombre, un Dios infinitamente bueno, justo y todopoderoso es el que es, eterno y sin ambigüedades.

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Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Juan 3:16

Dios es amor

Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios.

El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.

En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. 1 Juan 4:7-9

Además de los doce dioses principales y las innumerables deidades menores, los antiguos griegos adoraban a una deidad que ellos llamaban Agnostos Theos, es decir: el dios desconocido. En Atenas, hubo un templo dedicado específicamente a este dios y muy a menudo que los atenienses prestaban juramento “en el nombre del dios desconocido” (Νή τόν Άγνωστον Ne ton Agnoston). Apolodoro de Atenas, Filóstrato el Joven y Pausanias escribieron también sobre el dios desconocido.​ El dios desconocido no era tanto una deidad específica, sino una representación, de un dios o dioses que realmente existía, pero cuyo nombre y la naturaleza no se reveló a los atenienses o al mundo helénico en general.
De acuerdo con una historia contada por Diógenes Laercio, Atenas cayó una vez en las garras de una plaga y estaban desesperados por apaciguar a los dioses con los sacrificios apropiados. Así, Epiménides reunió a un rebaño de ovejas en el Areópago y posteriormente las liberaron. Las ovejas comenzaron a deambular por Atenas y las colinas circundantes. Por sugerencia de Epiménides siempre que una oveja se detenía, se establecerá un sacrificio al dios local de ese lugar. Muchos de los jardines y los edificios de Atenas se asociaron de hecho, con un dios o una diosa específica por lo que el altar fue construido y adecuado el sacrificio. Sin embargo, al menos una, si no varias ovejas, llevaron a los atenienses a un lugar que ningún dios había asociado con él. Así, un altar fue construido allí sin el nombre de un dios inscrito en él.

Tloque Nahuaque (en náhuatl ‘el que está cerca, al lado y alrededor de las cosas’‘tloc, cerca, a lado; nahuac, cerca, alrededor; “Señor de lo cercano y lo lejano” «cabe quien está el ser de todas las cosas, conservándolas y sustentándolas» Moyocoyani (en náhuatl: Aquel que se creó a sí mismo; “Señor que se crea o inventa a sí mismo mediante su propio pensamiento” es la deidad principal de los pueblos náhuatl, y en la mitología mexica es el dios protógono de la existencia e inexistencia, creador y ordenador de todas las cosas, creador de la primera pareja de humanos y jefe supremo de las cinco edades del mundo o cinco soles; Originalmente era un dios del misterio y lo desconocido implicando un solo dios creador de todo lo existente en el cosmos; En su libro ‘Filosofía Náhuatl’, Miguel León-Portilla profundiza en el significado del término mencionado (así como de muchos más).
Un solo Dios y una sola causa, que fue aquel decir que era substancia y principio de todas las cosas; y es así, que como todos los dioses que adoraban, eran los dioses de las fuentes, ríos, campos y otros dioses de engaños, concluían con decir: Oh Dios en quien están todas las cosas, que es decir el Teotloquenahuaque, como si dijéramos agora, aquella persona en quien asisten todas las cosas acompañadas, que es solo una esencia. Finalmente este rastro tuvieron, de que había un solo Dios, que era sobre todos los dioses…”

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