Mi patria es todo el mundo.

vaticano

¿Hasta cuando?

¿Cuantas veces hay que repetir el inmenso sacrificio del
Cristo para absurdamente invalidar el primero y único?
¿Cuanto sufrimiento y sangre hará falta para saciar la
sed de oro de los Judas del templo vaticano moderno.

Para esta iglesia de los mercaderes, que en otros tiempos
impuso la fe como obligación por medio de la superstición,
el terror, la tortura y la muerte, donde solo hogueras
humanas alumbraron sus obtusas mentes, y en tiempos actuales
sus falsas tradiciones, son rescoldos de amenazas,
y carne de abusos, aislamiento y desprecio social.

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois
semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen
bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos
y de toda inmundicia!
Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los
hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de
iniquidad. «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas,
porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis
los monumentos de los justos, y decís: “Si nosotros hubiéramos
vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido
parte con ellos en la sangre de los profetas!” Con lo cual
atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los
que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la
medida de vuestros padres!. Evangelio de Mateo 23, 27-32


Feliz Saturnalia

Navidad o Saturnalia

Jesús, no nació el 25 de diciembre

Aunque Papa Noel acapare todo el protagonismo, todavía están los villancicos, los belenes,
las postales, y hasta los décimos de Lotería que nos recuerdan que el motivo de la fiesta
de la Navidad es el nacimiento de Jesús. Pero no ocurrió así. Fue cosa del Emperador
Constantino El Grande, hace unos 1700 años, que, actuando como lo haría un creativo
publicitario de esta época, creyó conveniente hacer coincidir el nacimiento de Cristo
con la fiesta pagana más multitudinaria y popular del Imperio Romano, el Festival de la
Saturnalia, que celebraba el nacimiento de un “nuevo” Sol. Las Navidades del siglo XXI
se van pareciendo cada vez más a aquellas bacanales romanas. La celebración más antigua
y universal siempre ha estado centrada en el solsticio de
invierno, un término astronómico que se refiere a la posición del sol. A mediados de
diciembre, los días son muy cortos (en el Hemisferio Norte) y, después del solsticio,
empiezan a alargarse de nuevo. En la antigüedad, imaginaban que el sol se hacía viejo,
hasta morir, y que después nacía un niño Sol.

https://i2.wp.com/www.detectivesdelahistoria.es/wp-content/uploads/2016/01/Solstice-SaturnaliaCeleb.jpg

En el antiguo Imperio Romano, la fiesta del solsticio era el acontecimiento social más
importante del año y se llamaba Festival de Saturnalia en honor a Saturno, el dios de
la agricultura y las cosechas. El Sol Invencible (Sol Invictis) era otro de los dioses
favoritos, cuyo nacimiento se celebraba el 25 de diciembre.
Cuando las tareas en el campo se terminaban y llegaba la noche más larga, los romanos
se relajaban, colgaban la toga en el armario, se vestían de forma informal y se
olvidaban por unos días de las reglas que les oprimían durante el resto del año.
Todo empezaba en el templo de Saturno, con un estupendo banquete (lectisternium)
y al grito multitudinario de “Io, Saturnalia”.

El poeta Catullus (84 a.C-54 a.C) decía que eran “los mejores días” y Séneca El Joven
(4 a.C-65 d.C) que “toda Roma se volvía loca” durante las fiestas: “La multitud se deja
llevar por los placeres”, escribió.Pero, como ocurre ahora con la Navidad, también había quien no quería ni oír hablar del
tema: Plinio el Joven (63-113) cuenta que se aislaba en unas habitaciones de su Villa
Laurentina: “Especialmente durante la Saturnalia, cuando el resto de la casa está ruidosa
por la licencia de las fiestas y los gritos de festividad. De esta forma, no obstaculizo
los juegos de mi gente y ellos no me molestan en mis estudios”. Cicerón (106 a.C-43 d.C)
también se refugiaba en su casa de campo.

Intercambio de regalos

Los romanos salían a la calle a bailar y cantar con guirnaldas en el pelo, portando
velas encendidas en largas procesiones. La Saturnalia era una ocasión para visitar
a los amigos y parientes e intercambiar regalos.Lo tradicional era regalar fruta,
nueces, velas de cera de abeja y pequeñas figuritas hechas de terracota.Quizás lo
más curioso era el intercambio de roles: los esclavos actuaban como amos y
los amos como esclavos. Incluso se les dejaba usar las ropas de su señor. Ese trato
era temporal, por supuesto. Petronio (396-455) hablaba de un esclavo imprudente que
preguntó en algún momento del año si ya era diciembre.

Los hijos también invertían los papeles con sus padres y pasaban a ser los jefes de
la casa. Además, cada familia tenía que elegir un Rey de la Saturnalia, o Señor del
Desgobierno, que podía ser un niño. Ese “rey de mentira” presidía las fiestas, y se
le tenía que hacer caso, por muy extravagantes y absurdas que fuesen sus órdenes.

Excesos con la comida y bebidaJohn_Reinhard_Weguelin–The_Roman_Saturnalia_(1884)

Se cerraban las escuelas, los tribunales y las tiendas, se paraban las guerras,
se liberaba a los esclavos, y los romanos cometían todo tipo de excesos con la
bebida y la comida.
Era la fiesta de la libertad y la desinhibición, y se organizaban juegos, bacanales,
bailes de máscaras y espectáculos desenfrenados que estaban prohibidos el resto del
año. Los cristianos utilizaban el término saturnalia cuando querían decir orgía.

Las fiestas de Saturnalia comenzaban el 17 de diciembre y su duración varió a lo
largo de los años. Cada vez era más larga, como ocurre ahora con la Navidad.
Al principio, era un día. A finales del siglo I, duraban una semana. Hubo intentos
de acortar las fiestas por parte del Emperador Augusto, pero también hubo quien
propuso que se alargaran hasta finales de enero.

El nacimiento del Sol Invencible

Al final de la Saturnalia, el 25 de diciembre, se celebraba el nacimiento del Sol
—Natalis Solis Invictis (nacimiento del sol invencible)— personificado en el dios
Mitra. Aunque el culto a Mitra tenía orígenes persas, se convirtió en la religión
dominante en Roma, especialmente entre los soldados.
Después del día 25, empezaba el festival de Sigillaria, dedicado, sobre todo, a
hacer regalos a los niños: anillos, muñecos de terracota, sellos, tablas de escritura,
dados, pequeños objetos, monedas, y, ¡bolsas llenas de canicas! Hay muchos bajorrelieves
y documentos que reflejan a los niños romanos jugando a las canicas durante la Saturnalia.
Durante estos días, se decoraban las casas con plantas verdes, se encendían velas para
celebrar la vuelta de la luz, y se colgaban figuras de los árboles. Pero no metían
árboles dentro de casa. Los romanos sólo adornaban los que estaban plantados en la tierra.
La tradición del árbol de Navidad tiene sus orígenes en el siglo XVI.

Cristianismo legalizado

Hacia la época del Emperador Constantino I (272-337), el cristianismo había
avanzado muy poco y Roma era predominantemente pagana. El mitraísmo era la
religión dominante y el cristianismo era ilegal. Pero Constantino I cambió
las cosas después de tener una visión, antes de una batalla, en el año 312.
Se dedicó a favorecer el cristianismo, sin dejar de rendir culto a los
dioses paganos de Roma.

Por ejemplo, uno de los dioses romanos más populares era el Deus Sol Invictus,
y los romanos lo adoraban un día a la semana, el Dies Solis (como en inglés,
“sunday” = “día del sol”). Constantino, que era sumo sacerdote en el culto al
Sol Invictus, decretó que ese día fuese también jornada de descanso y adoración
para la cristiandad.

En el año 321, Constantino legalizó el cristianismo, y declaró que el día del
“nacimiento del sol invencible”, que se celebraba el 25 de diciembre, debía ser
considerado como una nueva fiesta cristiana para celebrar el nacimiento de Cristo.
Con estas tácticas, no se alteraba el calendario romano, y las tradiciones paganas
se fueron adaptando al cristianismo.

En el 350, el papa Julio I reconoció oficialmente el 25 de diciembre como la Fiesta de la Natividad.

Distintas opiniones

La Navidad llegó a Egipto hacia el año 432, y a Inglaterra al final del siglo VI.
Alcanzó los países nórdicos a finales del siglo VIII.
En la actualidad, los cristianos occidentales lo celebran el 25 de diciembre pero
los ortodoxos lo hacen el 6 de enero, basándose en las referencias de un académico
griego, Clemente de Alejandría, que a su vez escribió sobre otro maestro griego,
Basillides, que dijo que Jesucristo nació el 6 de enero. Clemente se refiere a la
Fiesta de la Epifanía, que en España se celebra como el Día de los Reyes Magos.

Los primeros estudiosos cristianos, como el teólogo Orígenes (185-253), condenaban
la celebración del nacimiento de Cristo “como si fuese un faraón”. Decía que sólo
se festejaba el nacimiento de los pecadores y no de los santos. Hoy, algunos grupos
fundamentalistas, como los testigos de Jehová, no celebran la Navidad, por su origen
pagano. Tampoco los cumpleaños, dicho sea de paso.

¿Cuándo nació Jesucristo?

Parece bastante claro que Jesucristo no nació en diciembre. Es muy improbable que
los pastores durmiesen con sus ovejas a la intemperie en diciembre, cuando las
temperaturas en Judea caían hasta bajo cero y era época de lluvias.
Se ha especulado con muchas fechas: el 16 de mayo, el 9 o 20 de abril, el 29 de marzo,
pero es algo imposible de averiguar con certeza. Hay gente dedicada a investigar la
Biblia, como los de ASK (Associates for Scriptural Knowledge), de Wisconsin. Una de
sus últimos estudios asegura que la Estrella de Belén que guió a los tres Reyes Magos
—probablemente, una conjunción de Venus y Júpiter— ocurrió el 17 de junio del año 2 a.C.
Para entonces, Jesús debía tener entre 0 y 2 años. Así que, según esta aproximación,
Jesús pudo haber nacido en algún momento entre los años 4 a.C. y 2 a.C.

¡Haz lo inesperado!

Todavía hoy, muchas culturas celebran el solsticio de invierno. Para los pueblos indígenas, como aimaras, quechuas, rapanui y mapuches, la llegada de estas fechas coincide con la tradición de agradecer por el año anterior y pedir al padre Sol que retorne con mayor fuerza después de su retiro invernal.

La Saturnalia y las fiestas en torno al solsticio de invierno trataban de la familia,
la fertilidad, el cambio, la renovación, la protección, el nuevo ciclo. Diciembre
siempre has sido una época para la rebelión, la celebración, la esperanza. Sería una
buena idea adoptar algunas de esas tradiciones paganas que se han perdido por el
camino. Por ejemplo, el intercambio de papeles: con los niños, con los empleados,
con los alumnos,… Frances Bernstein, en su libro Classical Living: Reconnecting
with the Rituals of Ancient Rome, dice: “¡Agita las cosas un poco! ¡Haz lo inesperado!
Porque estas acciones pequeñas recuerdan el espíritu de la Saturnalia y tienen
importancia religiosa, al conectarnos directamente con la Naturaleza”.

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NO A LA LEY MORDAZA

descripción


Cruzada asesina


“Era frecuente ver, en esos primeros días [del golpe militar], curas y religiosos con su fusil al hombro, su pistola y su cartuchera sobre la negra sotana”. Mariano Ayerra, sacerdote de Alsasua, 1936.
“Con los sacerdotes han marchado a la guerra nuestros seminaristas. ¡Es guerra santa! Un día volverán al seminario mejorados. Toda esta gloriosa diócesis, con su dinero, con sus edificios, con todo cuanto es y tiene, concurre a estagigantesca cruzada”.Marcelino Olaechea Loizaga, 6 de noviembre de 1936.


Aprovechando la última masiva beatificación dominical de Tarragona, no estaría mal recordar que los dos partidos presentes en la misma, PP y CiU, descendientes de la oligarquía franquista y monárquica, también fueron de la mano en la Guerra Civil. Es importante saberlo para que ahora la gente no se deje arrastrar por los mismos en la sinrazón y el enfrentamiento nacionalista. En la guerra civil, tristemente como en todas las guerras, fueron asesinadas miles de personas inocentes injusta y cruelmente. Pero es fundamental que sepamos que ese velo de santidad e inocencia que presume la Iglesia es falso. La Iglesia no es víctima de esta guerra, sino un bando activo, que aprovechó la guerra para alcanzar unos objetivos materiales, políticos e ideológicos. En palabras del arzobispo de Toledo y primado de España, Isidro Gomá y Tomás: “Una restauración totalitaria de la vida cristiana”. Lo que vendría a derivar en una involución social bajo un represivo régimen fascista–católico.


El golpe militar fue desde un principio apoyado y jaleado por la Iglesia católica. La posterior guerra y dictadura contó con su ferviente colaboración. No fue el anticlericalismo violento el que hizo a la Iglesia tomar partido. Antes de conocerse los pormenores de éste, el arzobispo de Zaragoza, Rigoberto Domenech, poco más de veinte días después de la sedición militar justifica el mismo porque “no se hace en servicio de la anarquía, sino en beneficio del orden, la patria y la religión”. A los dos meses, el cardenal primado de España, Isidro Gomá, describía lo que era para él la guerra en una alocución radiofónica con motivo de la caída de Toledo a manos del ejército fascista: “El choque de la civilización contra la barbarie, del infierno contra Cristo, debían sucumbir primero,…, los adalides de la civilización cristiana, los abanderados de Cristo… Gloria a los mártires”.


La Iglesia católica fue un bando, claramente, beligerante en la guerra civil española, una facción que animó y participó en el exterminio y la persecución. Que colaboró activamente en las venganzas y los asesinatos. Nunca la Iglesia católica trabajó en pos de la paz y la unidad de los españoles. Todo lo contrario. Desde el advenimiento de la República rechazó abiertamente sus instituciones y nunca estuvo dispuesta a renunciar a sus privilegios propios del Antiguo Régimen. Cuando en julio de 1936 se produjo el golpe de estado corrió rauda y gozosa a empuñar las armas en una nueva y, en sus palabras, “santa Cruzada”. Nunca mostró piedad cristiana y se lanzó a un sanguinario y cruel revanchismo convirtiéndose en uno de los pilares sobresalientes de la represión, la ingeniería social y la venganza fascista. Ni ha buscado nunca la reconciliación pidiendo perdón por sus crímenes. El orgullo y la soberbia, graves pecados, es lo que ha guiado la conducta de su cúpula.


Como recordaría, más tarde, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que se encontraba en Tuy en julio de 1936:“todos los sacerdotes del lugar aceptaron la sublevación militar con alegría y apoyaban al ejército como un deber de conciencia”. Esta dinámica fue habitual en Navarra, donde miles fueron asesinados sin que se diera ningún tipo de enfrentamiento armado. El fanatismo religioso que impregnaba lo que consideraban una guerra santa se dejaba ver en los actos del contingente de requetés donde se encontraban numerosos religiosos combatiendo. A poco menos de un mes del golpe militar, durante la procesión de la Virgen del Sagrario en Pamplona, milicianos falangistas y requetés asesinaron a decenas de presos, entre ellos, curas supuestamente nacionalistas “los sacerdotes dieron la absolución en masa a los restantes, las ejecuciones se llevaron a cabo y los camiones volvieron a Pamplona, a tiempo para que los requetés se incorporaran a la procesión que estaba entrando en la catedral”.


Y es que el ardor guerrero había infectado el discurso y los actos de la plana mayor de la jerarquía católica española. Palabras como “cristianísimo Imperio español”, “judío–masónico”, “liberación”, “santa Cruzada” o “plebíscito armado”tenían sus oraciones. En la Pastoral de 30 de septiembre de 1936, “Las dos ciudades”, el obispo de Salamanca, Enrique Pla y Deniel deja bien a las claras que lo que se vive es una “santa Cruzada” para la Iglesia española: “Enhorabuena que los ciudadanos españoles, haciendo uso de un derecho natural, se hayan alzado para derrocar un gobierno que llevaba la nación a la anarquía […]. El carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden […]. Una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización”.


Evidentemente, no todos los religiosos actuaron de esta manera. Seguro que muchos que no estaban de acuerdo con estas consignas perecieron injusta y cruentamente. A todos ellos nuestra admiración y respeto como seres humanos vilmente asesinados. Pero, entre la jerarquía católica esto fue un desierto. Hasta el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea que alababa la bondad de esta guerra santa “vivimos una hora histórica en la que se ventilan los sagrados intereses de la religión y de la patria, una contienda entre la civilización y la barbarie” y bendijo a sus cruzados, se horrorizó de los crímenes y venganzas de los suyos: “Ni una gota más de sangre de venganza”. Pero sus palabras no tuvieron eco entre sus filas. Ya era demasiado tarde. La sangre de venganza corría por toda España. Asimismo, no importaba que se fuera religioso. Era muy importante ser religioso del bando fascista – tradicionalista, porque si no, se corría el riesgo de ser fusilado como a decenas de curas supuestamente nacionalistas o, si se protestaba contra estas infames acciones ser amenazado de muerte como le ocurrió al obispo de Vitoria, monseñor Mateo Múgica.


En cambio, la jerarquía católica y Franco fueron uña y carne. Unidos por una férrea cohesión ideológica y unos mismos objetivos. El obispo de Vic, Joan Perelló, quería una “profilaxis social”, sabía que se necesitaba un “bisturí para sacar la pus de las entraña de España”. La pus, evidentemente, eran las personas con una ideas políticas opuestas a las suyas. Para regocijo suyo, Francisco Franco, pensaba lo mismo que él y declaraba sentirse “dispuesto a exterminar si fuese necesario a toda esa media España que no me es afecta” con el propósito de “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias, destruida en el siglo XVIII”. Y el cardenal primado, arzobispo de Toledo, Isidro Gomá, seguía tenazmente la línea ideológica del Movimiento Nacional: “Judíos y masones, envenenaron el alma nacional con doctrinas absurdas, con cuentos tártaros o mongoles aderezados y convertidos en sistema político y social en las sociedades tenebrosas manejadas por el internacionalismo semita”. Discurso histórico de la Iglesia Católica que tras la derrota nazi y el descubrimiento del Genocidio hubo que maquillar y hasta ocultar.


No solo el catolicismo español apoyó el golpe militar, cuando ya los crímenes eran bien conocidos y el nuevo régimen afirmaba sus postulados fascistas y totalitarios, el arzobispo de Westminster, cardenal Arthur Hinsley, en una carta remitida a Franco el 28 de marzo de 1939, en agradecimiento al envío de una foto autografiada por éste, le expresaba su admirada devoción: “Le considero el gran defensor de la verdadera España, el país de los principios católicos donde la justicia social católica y la caridad se aplicarán al bien común bajo un gobierno firme y pacífico”. El Vaticano mostró una extraña ambivalencia y pragmatismo político. Pío XI reconoció a Franco en mayo de 1938, aunque no tuviera una gran afinidad con él. Igualmente contradictorio fue su bendición de las tropas fascistas italianas que marchaban a invadir Abisinia en 1935. Luego Pío XII felicitaría efusivamente al general Franco en un telegrama, el 1 de abril de 1939: “Levantando nuestro corazón al señor, agradecemos sinceramente, con V.E, deseada victoria católica España”. Y, unos días más tarde, el 16 de abril de 1939, en un radiomensaje a los fieles de España se expresaba de tal forma: “Con inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la Paz y de la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos”. Cierto es que hubo sufrimientos, pero por ningún sitio se atisbó un poco de “caridad” o “paz”. Y en ningún caso “piedad” o “perdón”.

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fin