Mi patria es todo el mundo.

Poemas

Fue en Sevilla

Fue en Sevilla, a mediados del siglo XI
En una reunión en casa de Abu Bakr bin Zuhr se
mencionó esta composición de Abu Bakr bin al-Abyad:
Nunca me gustó beber en los verdes prados
a menos que un talle esbelto
viera conmigo despuntar el alba
o que al caer la tarde me dijera:
“El viento tiene celos
de aquel que acaricia mis mejillas”
Ella, dueña de los corazones,
sembradora de inquietudes
Ella que puede provocar deseo
al espíritu más templado
Dulces labios que guardan perlas,
dando de beber al amante
herido de amor y fiel a sus promesas.

Otro poeta escribió:

El colirio de las tinieblas
fluye en la pupila de la aurora
hasta el blanco de la mañana
La delicadeza muñeca del río
tiene los puños verdes
por los árboles de la orilla.

Y otro:

Qué hermoso día pasamos en el prado
junto a la ribera del río de Sevilla
Subidos en el barco
rompimos el sello del almizcle
y nos envolvió por completo su perfume
mientras la mano de las tinieblas
extendía sobre nosotros
el negro manto de la noche.

descripción
«¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

»Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.

»Apostaré que el ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente».

Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y el que dijere lo contrario miente».

Y luego, in continente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Miguel de Cervantes Saavedra

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Todo es de color

El mundo cuenta sus penas
pidiendo la comprensión
quién cuenta sus alegrías
no comprende al que sufrió,
señor de los espacios infinitos,
tu que tienes la paz entre las manos
derrámala Señor, te lo suplico,
y enséñales a amar a mis hermanos.
Enseñales lo bello de la vida
y a ser consuelo en todas las heridas
y a amar con blanco amor toda la Tierra
y buscar siempre la paz, Señor,
y odiar la guerra…
Todo es de color… todo es de color…

De lo que pasa en el mundo
por Dios que no entiendo nada
el cardo siempre gritando
y la flor siempre callada…
que hable la flor
y que se caye el cardo
y todo aquel que sea mi enemigo
que sea mi hermano..

Andemos por esa senda
a ver que luz encontramos
esa luz que está en la tierra
y que nosotros apagamos.
-Señor de los espacios infinitos,
tu que tienes la paz entre las manos
derrámala Señor, te lo suplico,
y enséñales a amar a mis hermanos.
Erase una vez una mariposa blanca
que era la reina de todas las mariposas del alba,

se posaba en los jardines sobre las flores mas bellas
y le susurraba historias al clavel y a la violeta…
Feliz la mariposilla presumidilla y coqueta,
parecia una flor del almendro mecida con brisa fresca..

Mas, llego un coleccionista, mañana de primavera,
y sobre un almendro en flor aprisionó a nuestra reina,
la clavó con alfileres sobre cartulinas negras
y la llevó a su museo de breves bellezas muertas,

Las mariposas del alba lloraban por la floresta,

sobre un clavel se posó
una mariposa blanca y el clavel se molestó

blanca la mariposa y rojo el clavel
rojo como los lábios de quién yo sé.
De mi maestro y amigo Manuel Molina

 


 


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Oda a la mierda

Dedicado a tod@s los que, sin motivo, se fueron y a los que se irán:
comed mierda, basuras, diez mil millones de moscas no pueden equivocarse
Es como viento que pasa
engendrado entre mi vientre
que con sopores calientes
sofoca la hez de las almas
Loco estubo por salir
en explosión controlada
y ahora perfuma todo él
esta pestilente estancia
Cagar, ¡Oh, placer divino! que en ningún otro momento
no pudiera el más amigo hacer por uno el favor
de aflojarse el cinturón dejando al aire el ombligo.

Cagar, ¡Oh, delicia hermosa! Apretando con pasión
mientras que sale el “mojón” sentir como se destroza
la mierda sobre la loza acompañando su olor
la deposición gloriosa de un enorme cagajón.

A cada golpe de esfuerzo ya se ve, ya asoma presto
el oloroso montón, suben vapores prohibidos
de aromas de algo comido, de esencias para inhalar
acompañando sonidos de unos “cuescos” al azar.
Y un gusto nuevo se siente cuando las heces calientes
van saliendo de su hogar, un nuevo placer alzado
a los más sublimes gozos distribuyéndose en trozos
y burbujas humeantes de brillantes excrementos
e inenarrables momentos de porquerías en trance.

El mismo Zeus en un viento terrible que hizo en el acto
mil truenos causando espanto salieron de su barriga
y evacuando al mar y al cielo sus deíficas boñigas
salpicaron las esquinas del Olimpo de los cielos.
Y la porquería avanza en caravanas de tormentas
como orzas que revientan, una con punta de lanza,
otra roma, otra laxa y otras en forma de lezna.

¡Que felicidad de aquél que acabó su sufrimiento!
poniendo fin al tormento que sus tripas sostenían
como vulgar porquería nublándole la razón
en magna deposición recuperó la alegría
que el cagar le devolvió el bienestar y la vida.

 

 

 

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Las Flores del Mal

Audio ( Pulsar en la imagen )

La mayor astucia del diablo es hacernos creer que no existe

Nace en París el 9 de abril de 1821. Su padre, Joseph François, era un sacerdote que había colgado los hábitos. Hombre de amplia cultura, fue luego preceptor, profesor de dibujo, pintor y jefe del Despacho de la Cámara de los Pares. Fue quien le enseñó las primeras letras. Cuando nació Baudelaire tenía más de sesenta años y otro hijo de su primer matrimonio llamado Claude Alphonse.
Su madre, Caroline Archimbaut-Dufays, no había cumplido los treinta años al nacer el poeta. Hija de emigrados franceses a Londres durante la revolución del 93, enseñó inglés a su hijo.
Es criado por Mariette, sirvienta de la familia, a la que evoca en el poema “A la sirvienta de gran corazón que te daba celos” de su conocido poemario Las flores del mal.
El poeta tiene 6 años cuando su padre muere en 1827 dejando una discreta herencia. Su viuda se cambia de domicilio y a los veinte meses de enviudar, contrae matrimonio con el comandante Jacques Aupick, vecino suyo, de cuarenta años, un oficial que llegará a ser general comandante de la plaza fuerte de París.
Este nuevo matrimonio de su madre producirá un profundo impacto emocional en Baudelaire, que lo vivió como un abandono, manifestando siempre aversión por este padrastro con el que nunca llegará a tener buenas relaciones.

En 1830 con las jornadas revolucionarias Aupick es ascendido a teniente coronel por su participación en la campaña de Argelia, y dos años después nombrado jefe de Estado Mayor y se traslada con su familia a Lyon, donde vivirá cuatro años.

Se forma un consejo de familia para decidir sobre el futuro del niño, que inicia sus estudios en el Colegio Real de Lyon, de cuyo ambiente no guardará buen recuerdo: se aburre y escapa soñando de su en cierro, dando rienda suelta a su imaginación.

En 1836 Aupick asciende a general de Estado Mayor, volviendo con su familia a París, donde el niño es internado en el Colegio Louis-le-Grand. Su madre se va volviendo cada vez más rígida y puritana, haciéndose a la personalidad de Aupick.

Durante dos años y medio permanece en el Colegio Louis-le-Grand. Allí lee a Sainte-Bauve, a Chenier y a Musset, a quien criticará mucho más tarde. Es expulsado del colegio por una falta cuyo carácter se desconoce. En agosto obtiene el título de Bachiller superior.

En 1840, con 19 años, se matricula en la Facultad de Derecho, comienza a frecuentar a la juventud literaria del Barrio Latino y entabla sus primeras amistades literarias con Gustave Le Vavasseur y Ernest Prarond. También conoce a Gérard de Nerval, de Sainte-Beuve, de Théodore de Banville y a Balzac y empieza a publicar en los periódicos en colaboración y anónimamente. Intima con Louis Menard, dedicado a la vivisección de animales y a la taxidermia. Comienza también a llevar una vida disipada, caracterizada por sus continuos choques con el ambiente familiar y por su inclinación hacía las drogas y el ambiente bohemio. Empieza a frecuentar los prostíbulos. Mantiene una extraña relación con una prostituta judía del Barrio Latino llamada Sarah, a la que denomina Louchette por su bizquera, y que probablemente contagió su sífilis al poeta. Aparece en el poema “Una noche que estaba junto a una horrible judía” de Las flores del mal.

Sus calaveradas horrorizan a su familia burguesa, especialmente al probo militar que es Aupick. A pesar de que su padrastro le apoya, rechaza entrar en la carrera diplomática. No quiere ser sino escritor. La conducta desordenada del joven mueve a sus padres a distanciarle de los ambientes bohemios de París. Le envían a Burdeos para que embarque en el paquebote Mares del Sur, al mando del comandante Sauer, en una travesía que había de llevarle a Calcuta y durar dieciocho meses. Viaja con comerciantes y oficiales. El joven Baudelaire adopta actitudes provocativas e impertinentes; se siente aislado y sólo habla para expresar su deseo de regresar a París. El barco ha de afrontar una violentísima tempestad. Estancia en la isla Mauricio, al este de Madagascar, donde conoce a una señora casada para quien escribe “A una dama criolla”. Asustado el comandante del barco por el efecto psicológico negativo que el viaje produce en el poeta, consiente en hacerle regresar a Francia desde la isla Reunión en otro barco, L´Alcide. Escribe “El albatros”. El viaje dura desde finales de marzo de 1841 hasta febrero de 1842.


Para alejarlo de este ambiente y librarse de este joven conflictivo, su familia lo envían a Calcuta, pero Baudelaire, nostálgico y enfermo se detiene en la Isla Mauricio y regresa a Francia. Un consejo de familia, bajo la presión del general Aupick, lo envía a las Indias, en 1841, a bordo de un navío mercante. Pero Charles Baudelaire no quiere probar la aventura en el confín del mundo. No desea más que la gloria literaria. Durante una escala en la Isla de la Reunión, no acude a presencia del capitán.

En 1842, nuevamente en París, entabla amistad con Thèophile Gautier y Thèodor de Banville. Alcanza la mayoría de edad, percibe la herencia paterna de 75.000 francos y se independiza. Abandona el piso familiar, instalándose en un pequeño apartamento.

Reanuda su vida bohemia y ejerce de dandy. Vuelve al ambiente de los bajos mundos. Las mujeres que llenan este periodo de su vida son pequeñas aventureras y prostitutas, como Jeanne Duval, una actriz mulata que representa un papel muy secundario en un vodevil del Teatro Partenon a quien conoce en 1843. A pesar de la vulgaridad, de frecuentes desavenencias y de las infidelidades de la mulata, Baudelaire vuelve siempre a ella y durante toda su vida estaría ligado a este insignificante mujer. Desempeñará un papel fundamental en la vida del poeta. sus mejores poemas son paradójicamente el fruto de estos oscuros amores, que aparece en los poemas “Perfume exótico”, “La cabellera”, “Te adoro igual que a la bóveda nocturna”, “Meterías al universo entero en tu callejuela”, “Sed non satiata”, “Con sus ropas ondulantes y nacaradas”, “La serpiente que danza”, “El vampiro”, “Remordimiento póstumo”, “El gato”, “Duellum”, “El balcón”, “Un fantasma”, “Te doy estos versos para que si mi nombre” y “Canción de primeras horas de la tarde”. Probablemente inspira también al poeta los poemas “El bello navío”, “La invitación al viaje” y “La Beatriz”.

Económicamente va de fracaso en fracaso, dilapidando la fortuna heredada de su padre. Baudelaire es brillante, de conversación sorprendente, pero su gran imaginación lo convierte en mitómano; su viaje a la India, sus amores inauditos, su vicio y perversidad, su homosexualismo, sus proyectos editoriales, formn parte de su vida.

Dilapida la herencia y contrae numerosas deudas, por lo que su madre y el general Aupick obtienen en 1844 de los tribunales que sea inhabilitado y sometido a un consejo judicial. Su dinero pasa a ser administrado por su padrastro. Se le entrega una cantidad trimestral de seiscientos francos.

Para eludir el control financiero publica anónimamente artículos en la prensa. En colaboración con Prarond escribe un drama en verso, Ideolus, que deja sin acabar. Baudelaire, privado de recursos y humillado, no se repondrá. Se ve obligado a rehuir a sus acreedores, mudándose, escondiéndose en casa de sus amantes, trabajando sin descanso sus poemas intentando mientras tanto ganarse la vida publicando.

Baudelaire escribió sus primeros poemas a la vuelta de su viaje del Caribe aunque en un principio se dedicó sobre todo a la critica artística. Fruto de esto fue la publicación en 1846 de algunos de sus ensayos, llenos de sensibilidad y de penetración, bajo el titulo de “Los Salones”. En ella loa a su amigo Delacroix, entonces aún muy discutido, critica a los pintores oficiales, y analiza las obras de otros artistas contemporáneos suyos como una serie sobre caricaturistas franceses, en los que defiende con pasión a Honoré Daumier. También se interesa por le pintor impresionista Edouard Manet y por la música de Wagner, de quien fue el primer introductor en Francia. Le escribió una carta expresándole su admiración, tras haber asistido a tres conciertos, además de un ensayo.

Publica sonetos, uno de ellos, “A una dama criolla”, con su verdadero nombre, así como un artículo sobre Balzac.

Publica en Le Corsaire-Satan un conjunto de aforismos y en L´Espirit Public, Consejos a los jóvenes literatos. Fustiga a los autores moralistas y moralizantes.

Aparece su novela corta “La fanfarlo”, donde el poeta, tras el personaje de Samuel Cramer, se retrata como un dandy.

En 1845, histérico, ensaya el suicidio en un cabaret ante un grupo de amigos, donde se hace un corte con un puñal. Su padrastro, por miedo al escándalo, le paga sus deudas y le lleva a vivir con él y con su madre en la elegante plaza Vendôme. Pero pronto volverá a vivir solo.

Descubre la obra de Edgar Poe, que muere poco después y a quien no pudo conocer, a pesar de considerarle su alma gemela. Poe se le asemeja, y, durante diecisiete años, va a traducirla y revelarla. Así comienza a ganarse el reconocimiento de la crítica.

Conoce a Marie Daubrun, muchacha bonita y honesta, actriz del Teatro de la Gaîte, que sostiene con su trabajo a su familia. El poeta sentirá por ella un amor platónico o una amistad idílica. Le dedicará el poema “Canto de otoño”.

Asiduo a círculos literarios y artísticos, uno de ellos en casa de Aglae Sabatier, llamada la Presidenta, amante de un banquero, por la que el poeta experimentará un amor ideal y platónico. A ella dedicará posteriormente los poemas “A la que es demasiado alegre”, “Reversibilidad”, “El alba espiritual” y “Confesión”. Visita muy a menudo el salón de la viuda Marie Sabatier y conoce a Musset, Flaubert y Gautier, entre otros artistas. Un breve idilio con una mujer interesante, Madame Sabatier, amante de un amigo del poeta que reunía en su casa a un grupo de escritores y artistas, lo quiebra rápidamente. Cuando madame Sabatier accede a las pretensiones amorosas del poeta, éste la rechaza, pero sigue manteniendo con ella una entrañable amistad.

Durante la revolución de 1848 Baudelaire es visto en las barricadas y tratando de agitar al pueblo para que fusilen a su padrastro. Publica en Le Salut Publique, periódico de tendencia socialista, y se afilia a la Sociedad Republicana Central, fundada por Blanqui. Durante la revolución hace amistad con el pintor Courbet, que pintará un retrato del poeta, y con Poulet-Malassis, también que participó activamente en la insurrección e influirá en su vida, será el editor de Las Flores del Mal, por lo que resultará multado.

Cuando en 1851 Luis Napoleón da un golpe de estado y asume todos los poderes, lo que indigna a Baudelaire, quizá porque nombre a su padrastro embajador en Madrid.

Aunque escribió sus poemas con 23 años, Las Flores del Mal, título que el editor le impusieron en lugar de Los limbos, que era el original, se publicaron en junio de 1857. Cuanto escribió hasta su muerte no sobrepaso este trabajo, son solo un complemento a su obra. Inmediatamente después el gobierno francés acusa al poeta de ofender la moral pública y juzgadas obscenas. El poeta fue procesado en medio del escándalo general. Aun cuando Baudelaire obtuvo el apoyo de sus colegas, seis de sus poemas fueron eliminados de las ediciones siguientes. La edición es confiscada por mandato judicial. Parece que el escándalo se inició desde el periódico conservador Le Figaro. En agosto, proceso de Baudelaire y de sus dos editores, que son condenados a sendas multas por ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres. Se ordena la supresión de seis poemas (“Las joyas”, “El leteo”, “A la que es demasiado alegre”, “Lesbos”, “Mujeres condenadas”, Delfina e Hipólita” y “Las metamorfosis del vampiro”). Baudelaire debe pagar una fuerte multa. Sólo Hugo (que le escribirá “Usted ama lo Bello. Deme la mano. Y en cuanto a las persecuciones, son grandezas. ¡Coraje!”), Sainte-Beuve, Teófilo Gautier y jóvenes poetas admirados le apoyan.

A pesar de condenarle por obscenidad y blasfemia, en 1859 y 1860 el Ministerio de Instrucción Pública le concede por dos veces sedas ayudas de trescientos francos. Pero ante el público quedará identificado, aun mucho después de su muerte, con la depravación y el vicio. Amargado, incomprendido, Baudelaire se aísla aún más. En su soledad donde él se ha encerrado, dos luces: los escritos admirados de dos escritores todavía desconocidos, Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine. Escribe un ensayo sobre Madame Bovary, de Flaubert, que también ha sido juzgado por inmoral.

Empieza la época de sus enfermedades que durará hasta su muerte. Sufre trastornos nerviosos y dolores musculares. Se ahoga, sufre crisis gástricas y una sífilis contraida diez años antes reaparece. Para combatir el dolor, fuma opio, toma éter. Sufre el primer ataque cerebral. Físicamente, es una ruina. Recurre a cápsulas de éter para combatir el asma y al opio para los fuertes cólicos. Ante su precaria salud, pasa cortas estancias en Honfleur con su madre y en Alençon con su amigo y escritor Poulet-Malassis.

Su próximo trabajo “Paraísos artificiales”, escrito en 1860, es un relato de las experiencias personales del poeta con drogas como el opio. Da a conocer Encantos y torturas de un fumador de opio, sobre Thomas de Quincey, segunda parte de Los paraísos artificiales.

En 1961 presenta su candidatura a la Academia Francesa. Desea rehabilitarse y obtener un salvoconducto de dignidad profesional y solvencia. Busca el reconocimiento oficial de su labor, más allá del círculo de los cafés literarios que empiezan a agobiarle. Fracasa en su postulación por la oposición y los consejos de los académicos.

Nervioso, enfermizo, arruinado y desconocido, unido siempre a su mulata alcoholizada y luego parapléjica, Baudelaire arrastra una vida de fracasado.

En 1864 viaja a Bégica, donde vivirá durante dos años en Bruselas. Allí trata de ganarse su vida dictado conferencias sobre arte, que son un fracaso y se unen a las anteriores. En la primavera decide ir a Bélgica, donde se se encontra su editor, a dar conferencias en los círculos intelectuales de diversas ciudades y a. Sólo llega a dar tres conferencias sobre Delacroix, Gautier y Los paraísos artificiales, con asistencia muy escasa de público. Intentar una edición de su obra completa pero fracasa y se venga de la falta de acogida escribiendo un panfleto titulado ¡Pobre Bélgica!

En 1865 Mallarmé y Verlaine elogian Las flores del mal, pero Baudelaire desconfía de estos jóvenes poetas. Y no le faltaba razón porque, por el contrario, Los Pequeños Poemas en Prosa nunca supieron valorarlos.

En su correspondencia expresa su deseo de recurrir al suicidio. Pese a una nueva subvención estatal, su economía es muy precaria. Miserable y con sífilis, su existencia es una gran ruina. Su salud está ya completamente minada y en 1866 sufre un ataque de parálisis general que lo deja casi mudo. Su madre viaja a Bruselas y de regreso a París interna a su hijo moribundo en un hospital. La enfermedad se agrava rápidamente, y su vida no es ya más que una lenta agonía que se prolonga durante un año. Para ayudarle a sobrellevar el dolor, sus amigos acuden junto a su lecho a interpretarle Wagner. Paralizado, mudo y medio imbécil, sobrevive varios meses hasta que el 31 de agosto de 1867 muere tristemente a los 46 años, en brazos de su madre en el mismo hospital en el que estaba ingresado.

Fue enterrado en el cementerio de Montparnase, junto a la tumba de su padrastro, a quien siempre odió.

Póstumamente, en 1868, se publicaron sus “Pequeños poemas en prosa”.

Baudelaire está considerado como uno de los más grandes poetas del siglo XIX, por la originalidad de su concepción y la perfección de la forma. Es sin duda el poeta de la modernidad francesa. Más que ningún otro de su tiempo, representa al poeta de la civilización urbana contemporánea.

Con él la poesía empieza a liberarse de las ataduras tradicionales y despliega nuevos conceptos de creación poética, iniciando una fase diferente, que llega hasta nuestros días.

La literatura francesa se hallaba en el segundo cuarto del siglo XIX, en un momento de transición todavía presidida por la gigantesca figura de Víctor Hugo, uno de los grandes románticos, aunque junto a él se desarrollaba una nueva tendencia, cuyo máximo representante era el poeta Leconte de Lisle (1818-1894), el guía del circulo parnasiano, cuya influencia sobre Baudelaire fue notable. La antología El Parnaso, publicada por el editor Lemerre en 1866, que da el nombre al grupo de poetas de Leconte de Lisle, contiene algunos de los poemas de Las Flores del mal.

La originalidad de Baudelaire, sin embargo, le hace merecedor de un lugar al margen de las escuelas literarias dominantes en su época, ya que es él quien inicia el abandono de las formas poéticas hasta entonces predominantes. Las tendencias que inauguró Baudelaire pueden resumirse en el criterio de la depuración del sentido poético, en el misterio de los conflictos íntimos o en la angustia de la búsqueda de combinaciones de fenómenos sicológicos que desembocan en una expresión poética cargada de significaciones múltiples y llena de infinitas sugerencias. En particular, rompe la diferencia entre la poesía y la prosa con sus “Pequeños poemas en prosa”, verdadera revolución en las formas líricas que ni siquiera Verlaine ni Rimbaud supieron valorar.

Baudelaire reacciona contra el romanticismo. Él no admite la inspiración, ni la imaginación, ni la improvisación. En este aspecto, como en otros, es un clasicista. La poesía es un ejercicio, un esfuerzo, un trabajo sistemático, equivalente al de un paciente artesano violcado permanentemente en pulir sus versos. Su obra es un esfuerzo por desembarazar la poesía de todo ornamento vano y una proyección para alcanzar el ideal de la pureza poética, prestando especial atención a la métrica y a los aspectos formales. Poseía un sentido clásico de la forma, una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra perfecta y un gran talento musical.

La obra de Baudelaire ha dejado un aporte positivo, paradigma de verdad poética, de selección estética, de culto de la expresión simbólica, y de rigurosa elaboración de la palabra en cuanto vehículo depurado de la expresión literaria, que equivale a superación de la dicción elocuente y retórica.

El poeta parisino representa la reivindicación lírica de la palabra, una técnica depurada en la elaboración de las imágenes y el rigor estético de la composición que habría de tener una proyección futura incalculable. Se extinguía una concepción del arte poético desprestigiada por la degeneración del romanticismo, advertible en el desborde confidencial y sentimental, o en la poesía descriptiva y penetrada de la elocuencia bastarda, con ausencia de rigor formal y de selección estética.

Un contenido de nueva creación y de angustiosa originalidad emergía de los poemas de Baudelaire, palpitantes de tragedia íntima y de nuevos acercamientos a la vida. El poeta pule un nuevo universo lírico, la sinestesia, una combinación de imágenes y sensaciones desajustadas de su normal producción en la naturaleza. La audición coloreada, la visualidad audible o multitud de otras combinaciones de sensaciones provenientes de todos los sentidos, se reunían, como diría el propio Baudelaire, en “una metamorfosis mística de todos mis sentidos fundidos en uno solo”.

Una nueva concepción de la palabra se inaugura entonces. Si para el lenguaje común la palabra sigue siendo expresión de la cosa o de la idea, en el poeta ese valor de significación se transforma en un valor sugerencial, gracias al juego de combinaciones que el arte hace posible con sonidos y sensaciones inesperadas que brotan de las palabras. Todo ello pudo ser vislumbrado por los grandes exponentes de la poesía anterior, pero sólo empieza a adquirir una sugestiva formulación y un culto intensivo a partir de Baudelaire. Por ello podría afirmarse que hemos llegado a la apertura de una nueva compuerta de realizaciones artísticas que significarán a la larga la transformación de la poesía.

En su estética literaria Baudelaire proponía la desaparición del yo en el poema, es decir, la sustitución de la presencia personal del autor por la pura lógica interna de la obra regida según su ley compositiva. A partir de Baudelaire ya no se hablará más del poeta sino de la poesía misma. Es una estética dominada por el esencialismo, la concepción de un arte literario depurado de prosaísmos y estímulos de circunstancias extrañas a la función creadora. A ello se sumaron sus creaciones de técnica y la rigidez gramatical.

Su gusto por la sinestesia también proviene del misticismo, el ocultismo y el sincretismo. Las sensaciones nos revelan lo oculto. La unidad de la naturaleza se demuestra en que a cada olor le corresponde un sonido y un color. El soneto “Correspondencias” contiene toda la teoría sinestésica que, aunque inconscientemente practicada por los grandes exponentes de la poesía universal, van a desarrollar los parnasianos y simbolistas de la segunda mitad del XIX.

No cabe duda de que Baudelaire escribió algunos de los poemas más sugestivos de la literatura francesa, hasta el punto de que algunos como “Correspondencias”, contenían un mensaje de estética renovadora que habrían de asimilar los poetas parnasianos y simbolistas. El famoso soneto de “Las vocales” de Arthur Rimbaud y las formulaciones estéticas y técnicas de Mallarmé, el promotor de toda la nueva poesía hasta nuestro tiempo, tomaron su raíz en la teoría de la imagen poética esbozada por Baudelaire.

Las Flores del Mal, Charles Baudelaire

I

LA DESTRUCCION

El demonio se agita a mi lado sin cesar;

flota a mi alrededor cual aire impalpable;

lo respiro, siento como quema mi pulmón

y lo llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi amor al arte,

la forma de la más seductora mujer,

y bajo especiales pretextos hipócritas

acostumbra mi gusto a nefandos placeres.

Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,

jadeante y destrozado de fatiga, al centro

de las llanuras del hastío, profundas y desiertas,

y lanza a mis ojos, llenos de confusión,

sucias vestiduras, heridas abiertas,

¡y el aderezo sangriento de la destrucción!

II

UNA MARTIR

Dibujo de un maestro desconocido

En medio de frascos, telas sedosas,

y muebles voluptuosos,

de mármoles, pinturas, ropas perfumadas,

que arrastran los pliegues suntuosos,

en una alcoba tibia como en un invernadero,

donde el aire es peligroso y fatal,

dónde lánguidas flores en sus ataúdes de cristal

exhalan su suspiro postrero,

un cadáver sin cabeza derrama, como un río,

en la almohada empapada,

una sangre roja y viva, que la tela bebe

con la misma avidez que un prado.

Parecida a las tétricas visiones que engendra la oscuridad

y que nos encadenan los ojos,

la cabeza, con la masa de su crin sombreada,

y de sus joyas preciosas,

en la mesilla de noche, como una planta acuática,

reposa, y, vacía de pensamientos,

una mirada vaga y blanca como el crepúsculo

escapa de sus ojos extraviados.

En el lecho, el tronco desnudo, sin pudor,

en el más completo abandono, muestra

el secreto esplendor y la belleza fatal

que la naturaleza le donó.

Una media rosada, adornada con hilo de oro, en la pierna

ha quedado cual recuerdo.

La liga, al igual que un ojo secreto que llamea,

lanza una mirada diamantina.

El singular aspecto de esta soledad

y de un gran retrato voluptuoso,

de ojos provocativos como su actitud

revela un amor tenebroso,

una culpable alegría y fiestas extrañas,

llenas de besos infernales,

que regocijarán a los ángeles malos

nadando entre cortinas y chales.

Sin embargo, al ver la esbeltez elegante

del hombro y su trazo quebrado,

la cadera levemente afilada, y la cintura ágil

lo mismo que un reptil irritado, se advierte

que ella es joven aún. -Su alma exasperada

y sus sentidos mordidos por el tedio,

¿se habían entregado a la jauría enfurecida

de deseos errantes y perdidos?

El hombre vengativo al que no pudiste, viviendo,

a pesar de tanto amor, aplacar,

¿sació en tu carne, inerte y complaciente,

toda la inmensidad de su deseo?

¡Responde, cádaver impuro! ¿Por tus rígidas trenzas

te levantó con brazo febril?

Dime, cabeza horrible, ¿en tus fríos dientes

hay aún sus últimos adioses?

-Lejos del mundo burlón, lejos de la multitud impura,

lejos del magistrado curioso,

duerme en paz, duerme en paz, extraña criatura,

en tu sepulcro misterioso;

tu esposo corre el mundo, y tu forma inmortal

vela junto a él cuando duerme;

lo mismo que tú sin duda te será fiel

y constante hasta la muerte.

III

MUJERES CONDENADAS

Como un rebaño pensativo sobre la arena acostadas,

entornan los ojos hacia el horizonte marino,

y sus pies que se buscan y sus manos enlazadas

tienen dulces languideces, amargos escalofríos.

Unas, corazones que aman las largas confidencias,

en el corazón de los bosques y junto a los arroyos,

deletrean el amor de las tímidas infancias

y marcan en el tronco los jóvenes arbolillos;

otras, como hermanas, andan lentas, graves,

a través de las rocas llenas de apariciones,

donde san Antonio vio surgir como lavas,

desnudo el seno, a sus purpúreas tentaciones.

Las hay que a la lumbre de resinas goteantes,

en el hueco mudo de los viejos antros paganos,

te llaman en socorro de sus fiebres aullantes,

¡oh Baco, adormecedor de viejos remordimientos!

Y otras, cuya garganta gusta de escapularios,

que, ocultando un látigo bajo sus largos vestidos,

mezclan en la noche oscura y los bosques solitarios

espuma del placer y lágrimas de la tortura.

¡Oh vírgenes, oh demonios, oh monstruos, oh mártires!,

grandes espíritus negadores de la realidad,

buscadores de lo infinito, devotos y sátiros,

ora llenos de furor, ora llenos de llanto,

vosotras, a las que en vuestro infierno mi alma os [ha seguido,

pobres hermanas, os amo tanto como os compadezco

por vuestras dolorosas tristezas, vuestra sed no saciada,

y las urnas de amor que llenan vuestro corazón.

IV

LAS DOS BUENAS HERMANAS

La Licencia y la Muerte son dos buenas muchachas,

pródigas de sus besos y ricas en salud;

su flanco siempre virgen y cubierto de hilachas,

con la eterna labor jamás ha dado a luz.

Al poeta siniestro, enemigo del hogar,

favorito del infierno, cortesano sin más,

tumbas y lupanares le muestran tras su vallado

un lecho que el remordimiento no frecuenta jamás.

Y el ataúd y la alcoba con grandes blasfemias

nos ofrecen alternando como buenas hermanas

terribles placeres y horribles deleites.

¿Cuándo quieres enterrarme, Vicio de brazos inmundos?

Muerte, su rival en atractivos, ¿cuándo vendrás

a plantar tus negros cipreses sobre sus mirtos fétidos?

V

LA FUENTE DE SANGRE

A veces siento mi sangre correr en oleadas,

lo mismo que una fuente de rítmicos sollozos;

la oigo correr en largos murmullos,

pero en vano me palpo para encontrar la herida.

A través de la ciudad, como un campo cerrado,

va transformando las piedras en islotes,

saciando la sed de cada criatura,

y coloreando en rojo toda la natura.

A menudo he pedido a estos vinos

aplacar por un solo día el terror que me roe;

el vino torna el mirar más claro y el oído más fino.

He buscado en el amor un sueño de olvido;

pero el amor no es para mí sino un colchón de alfileres,

hecho para dar de beber a esas crueles mujeres.

VI

ALEGORIA

Es hermosa mujer, de buena figura,

que arrastra en el vino su cabellera.

Las garras del amor, los venenos del garito,

todo resbala y se embota en su piel de granito.

Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria,

y ambas, que todo inmolan a su ferocidad,

han respetado siempre en su juego salvaje,

de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad.

Anda como una diosa y reposa como una sultana;

tiene por el placer una fe mahometana,

y en sus brazos abiertos que llenan sus senos

atrae con la mirada a toda la raza humana.

Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!,

necesaria no obstante a la marcha del mundo,

que la belleza del cuerpo es sublime don,

que de toda infamia asegura el perdón.

Ignora el infierno igual que el purgatorio,

y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra,

mirará de la Muerte el rostro,

como un recién nacido, sin odio ni remordimiento.

VII

LA BEATRIZ

En terrenos de ceniza, calcinados, sin verdores,

mientras me lamentaba un día a Naturaleza,

y mi pensamiento vagaba al azar,

sintiendo en mi corazón clavarse el puñal,

vi, en pleno mediodía, descender sobre mi cabeza

una oscura nube grande y tempestuosa,

que llevaba un rebaño de viciosos demonios,

parecidos a enanos crueles y curiosos.

Pusiéronse a contemplarme fríamente

y, como hablando de algún loco que pasa,

les oía reír y murmurar entre sí,

y cambiar más de un guiño y más de un ademán.

«Contemplemos a gusto esta caricatura,

esta sombra de Hamlet que imita su gesto,

la mirada indecisa y los cabellos al viento,

¿no da pena ver a ese vividor,

ese vago, ese histrión sin teatro, ese gracioso,

que porque sabe representar con arte su papel,

quiere interesar con sus cantos de dolor

a las águilas, grillos, arroyos y flores,

e incluso a nosotros, autores de estas viejas rimas,

y recitarnos a gritos sus públicas parrafadas? »

Hubiera podido (mi orgullo, alto como el monte,

domina la nube y el clamor de los demonios)

volver simplemente mi cabeza serena,

si no hubiese entre su tropa obscena,

¡crimen que no hizo tambalear al sol!,

la reina de mi corazón, de mirada sin igual,

que se reía con ellos de mi sombría tristeza

y les hacía, a veces, alguna sucia caricia.

VIII

UN VIAJE A CYTEREA

Mi corazón, como un pájaro, revoloteaba feliz,

y volaba libremente alrededor de las cuerdas;

el navío corría bajo un cielo sin nubes,

como ángel embriagado de un sol radiante.

¿Qué isla es ésta tan negra y triste?- Es Cyterea,

nos dicen, un país famoso en las canciones,

Eldorado trivial de todos los solterones.

Mirad, después de todo es una pobre tierra.

-¡Isla de dulces secretos y de fiestas del corazón!

De la antigua Venus el soberbio fantasma,

más allá de tus mares flota como un aroma,

y llena los espíritus de amor y languidez.

Bella isla de verdes mirtos, llena de capullos en flor,

siempre venerada por todas las naciones,

donde los suspiros de amantes corazones

avanzan como el incienso por jardines de rosas

o el eterno arrullo de la paloma torcaz.

-Cyterea no era más que una tierra pobre,

un desierto rocoso turbado por gritos feroces.

¡Sin embargo, presentía yo allí algo singular!

Aquello no era un templo de sombras selváticas,

donde la joven sacerdotisa, eterna enamorada de las flores,

iba, el cuerpo ardiente por calores secretos,

entreabriendo sus ropas a las brisas ligeras;

pero, he aquí que rozando la costa el bauprés,

al asustar los pajáros con nuestras velas blancas,

pudimos ver que era un patíbulo de tres zancas,

destacado en el cielo, negro como un ciprés.

Las aves rapaces, posadas en su cumbre,

destrozaban con furia a un ahorcado ya podrido:

cada una hundía, como un clavo, su impuro pico

en los rincones sangrientos de aquella podredumbre.

Eran los ojos agujeros, y del vientre desfondado

los gruesos intestinos caían sobre los muslos;

y sus verdugos, ahítos de espantosas delicias,

a picotazos lo habían castrado por completo.

Bajo los pies, una manada de celosos cuadrúpedos

levantado el hocico, merodeaba;

una bestia más grande se agitaba en el centro,

como un verdugo rodeado de auxiliares.

¡Oh habitante de Cyterea, de un cielo tan hermoso,

silenciosamente sufrías estos insultos

en una expiación de tus infames cultos,

y los pecados que te impidieron el descanso eterno!

¡Ridículo ahorcado, tus dolores son los míos!

Yo sentí, a la vista de tus miembros flotantes,

como un vómito subir hasta mis dientes

el largo río de hiel de mis antiguos dolores.


Ante ti, pobre diablo, tan caro de recordar,

sentí todos los picos y todos los mordiscos

de los cuervos fieros y de las panteras negras,

que antaño tanto gozaban en machacar mi carne.

El cielo estaba embrujado, la mar en calma;

para mí todo era negro y sangriento para siempre,

¡ay!, y tenía, como en un espeso sudario,

el corazón amortajado en esta alegoría.

En tu isla, oh Venus, no encontré en mi viaje

más que un patíbulo simbólico donde colgaba mi imagen…

-¡Oh Señor! Dame la fuerza y el coraje

¡de contemplar mi cuerpo y mi alma sin asco!

IX

EL AMOR Y EL CRANEO

Viñeta antigua

El amor está sentado en el cráneo

de la Humanidad,

y desde este trono, el profano

de risa desvergonzada,

sopla alegremente redondas pompas

que suben en el aire,

como para alcanzar los mundos

en el corazón del éter.

El globo luminoso y frágil

toma un gran impulso,

estalla y exhala su alma delicada,

como un sueño de oro.

Y oigo el cráneo a cada burbuja

rogar y gemir:

-Este juego feroz y ridículo,

¿cuándo acabará?

Pues lo que tu boca cruel

esparce en el aire,

monstruo asesino, es mi cerebro,

¡mi sangre y mi carne!

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La muñeca

En una noche de invierno una niña pordiosera
con los pies casi desnudos, con las manecitas yertas,
cubriendo, a modo de manto con su falda la cabeza
y sin temor a la lluvia que cada vez más arrecia,
contempla extasiada y triste el interior de una tienda
Que por su gusto en juguetes es de todas la primera.

-¿Que haces aquí?

le pregunta,
con voz desabrida y seca,
Un dependiente empujando a la niña hacia la acera.

-¡Déjeme usted!, ¡Si es que estaba mirando aquella muñeca!

-¡Vaya, retírate pronto, y deja libre la puerta!

-Dígame usted, ¿Cuesta mucho?

-¿Quieres marcharte, chicuela?

-¿Será muy cara, verdad?
-¡Lo que es como yo pudiera!…

-¡El demonio de la chica!…
-¿Pues no quiere comprar ella?…
-Lárgate a pedir limosna y déjate de simplezas.
-La muñeca que te gusta vale un duro, conque ¡Fuera!..
Marchose la pobre niña ocultando su tristeza…
En vano pide limosna…
Ninguno escucha sus quejas…
y desfallecida y débil cruza calles y plazuelas,
recordando en su amargura la tentadora muñeca.

-¡Caballero, una limosna, a esta pobrecita huérfana!

-Déjame que voy deprisa.

-¡Por Dios señor, aunque sea…
un centimito, tengo hambre!…

-(Pobre niña, me dá pena)…Toma.

-¡Señor, si es un duro!

-Te lo doy para que puedas, siquiera por esta noche,
tener buena cama y cena.

-¡Déjeme usted que le bese, la mano…

-Quita, tontuela.

-Que Dios se lo page a usted
-¡Un duro, estoy mas contenta!…
¿No será falso, verdad?

-¡Cómo, muchacha!, ¿Tu piensas?…

-No señor… perdone usted… Pero… ¡vamos!…
la sorpresa…
¡Si voy a volverme loca
de alegría!…. ¿quién dijera?…
¡Que Dios le premie en el mundo,
y le dé la gloria eterna!
Y apretando entre sus manos convulsivas la moneda,
corrió por la calle abajo veloz como una saeta.
A la mañana siguiente se comentaba en la prensa
el hecho de haber hallado, en el quicio de una puerta,
¡el cadáver de una niña abrazando una muñeca!.

Vital Aza

Antonio Martinez Ares

“lo que hiciereis con uno de estos pequeños, a mi me lo hacéis”

(Mateo. 25, 40)

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Las Musas

Canta de nuevo tu poema Erato que Calíope la de la bella voz, hará grande,
celebra Clío tu voz mientras los trinos de la flauta de Euterpe acarician la mágica noche.
Baila Terpsícore y Polimnia y van trazando círculos de ondas en el lago azùl mientras
sonríen los brillantes ojos de Talía haciendo brotar flores con el blanco rocío
que las lágrimas en su risa provocan. Mas de nuevo Melpómene llora la ausencia de Selene
aunque Urania mira al cielo sabiendo que esta volverá. Una vez mas el bosque cobijaba
al etereo corro de las bellas ninfas hasta que el primer rayo de sol las conviertan
en inspiración del arte, de poetas y amantes, en auténticas Musas del pensamiento y la creación.
La siguiente noche, volverían a brillar las pequeñas lumbreras mas alegres porque volvió Selene
para inundar con su luz el suave claro del bosque sagrado de las sabias ninfas…

Eran nueve diosas hijas de Zeus y de Mnemosine que protegían las artes, las ciencias y las letras. Nacieron en la cumbre del Piero pero moraron sucesivamente por dilicón, Beocia y en Macedonia. Cada una de las nueve Musas estaba especializada en un tema diferente. Calíope defendía la poesía heroica por lo que solía portar obras como la Odisea, la Iliada o la Eneida. Clío presidía la historia y se encargaba de poner de relieve las grandes hazañas del mundo. Melpómene inspiraba la tragedia e iba vestida como una sobria y gran actriz dramática con una maza que indica que la tragedia es un arte difícil que exige un genio privilegiado y una imaginación vigorosa. Talía iba caracterizada de forma equivalente a un payaso de la actualidad pues era la musa de la comedia. Euturpe, siempre con su flauta, era, pues, la especializada en la música y se relacionaba mucho con Terpsícore, diosa de la danza. Erato inspiraba la poesía lírica y amorosa por lo que iba caracterizada como Eros en algunas ocasiones y con un laúd, instrumento que ella inventó y una corona de rosas y mirto en otras. Polimnia, en actitud pensativa, defendía la poesía sagrada. Por último, Urania, musa de la astronomía, iba acompañada de un globo terráqueo y de un compás para medirlo. Debido a sus grandes capacidades hubo diversos intentos de dominarlas y recluirlas, o incluso, vencerlas en capacidad artística. Lo primero fue intentado por Pireneo, rey de la Fócida, quien cuando las Musas paseaban solas muy alejadas de sus moradas y en pleno vendaval les ofreció asilo y cuando éstas aceptaron, las encerró en su palacio. Sin embargo, antes de que el tirano pudiese consumar ninguna de sus fechorías, las nueve muchachas se proveyeron de alas y lograron escapar, provocando la muerte de Pireneo mientras las perseguía. Por su parte, lo segundo fue intentado por las Piérides, hijas de Piero, rey de Macedonia que apostaron diversos territorios con las Musas a que serían mejores que ellas en el canto y la poesía. Las Piérides trataron sobre las luchas entre Zeus y los titanes pero sin ritmo, ni gracia, ni vida, ni concordancia. Las Musas, por su parte, trataron sobre el poder de Zeus y la desesperación de Démeter y en cuanto terminaron, las ninfas, que eran el jurado, le dieron la victoria. Entonces, las hijas de Piero se abalanzaron sobre las ganadoras pero al momento se convirtieron en urracas, conservando bajo esa forma su temperamento y charlatanería.

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Al pulsar en la imagen de las musas, podrán escuchar la obra de teatro de
Carlos Ferrari, las nueve tias de Apolo

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Córdoba

Sobre las aguas del río fluye la luna y sus tránsitos: ¡Palimpsesto de ríos
y sus pulsos! Arropada por la lenta formación del crepúsculo, el alma reposa
abandonada a la inmovilidad del espacio, sustraída a las argucias del lenguaje.


Declaramos la armonía del mundo en su silencio indescifrado, en su cualidad
luminosa surgida del estallido abrasador de las palabras, de sus ritmos y
geometrías conceptuales que perpetúan los pensamientos y fundamentan la
urdimbre universal de la vida. Mas en apartamiento íntimo, confín y despojo
del mundo, ¿qué nos mueve a indagar la quietud de ese universal roce de
fertilidades y ensimismamientos que es la vida del alma, sino la nada que
en soledad de continuo devenimos?

Circunscrito a la sensación de ser, un verdor de soledades apremia la
presencia del alma que atestigua la vida y sus pulsos, siendo y des-
siéndose, universal roce de soledades, senda abrupta y hondo barranco,
refugio soledoso y abandono, origen y dios que da fragancia: tú y yo,
nosotros, unísonos, sin nexo que nos repliegue, absolutos, como la
incisiva plenitud de este remanso de atardecer y canto de julio.

De los frágiles dedos de la experiencia, ¿qué queda en la calma sorprendente
de esta tarde de julio? Es la sensación de ser que embriaga el espacio y al
testigo que lo circunscribe, sin palabras que disturban la realidad que
aparece y se extingue, para renovarse y extinguirse de nuevo, juego de las
recreaciones y de las disoluciones, aventura de la imaginación y del deseo,
evidencia de la plenitud disgregada.

¿Acaso no son la vida y la muerte rumores en curso?…



La luz del alba abre el día a la profundidad del espacio. La brisa fricciona
la diversidad que aparece, dulce o amarga, como una suerte de azar o roce
universal de ríos o cantos, tuyos y míos, transparencia terrestre en cuyo
centro la unidad teje el espacio sin orillas, tránsito, peregrinaje del ser
devenido, confluencia de la piedra y del pájaro, del agua y de la noria, del
junco y del alma, y de la infinita concreción de las analogías, que ahora
me rescriben negación del tiempo, de la línea, de la palabra.

Sobre las enramadas y las geometrías laberínticas del espacio, la luz extiende
sus cúpulas como un pensamiento que hiciera libre a quien urdió la vida en
sueños, ¿transparencia en la que el mundo deviene ausencia, vaciamiento, poema
sin cuerpo? ¡Plenitud de la sensación de ser luz en el espacio, luz en armonía
sosteniendo la tarde y la imagen de sí misma soñándose en la expansión universal
de cuanto acontece!.

En tal suerte de ensimismamiento, ¿qué puede ofrendar el mundo a este retiro de
luz abandonada a sí misma y al silencio que desciende hasta los espacios que
son tuyos y míos, sin roce siquiera que nos desate, sin fragancia que nos perciba,
estando ya los bríos del alma adormecidos?…


Más adentro, en abandono íntimo, donde la seducción de la experiencia cesa y sólo
la consumación en lo indiviso pulsa la vida que transgrede y cesa. Perdido se ha
el alma. Ensimismados sus pulsos. Cegados los sentidos mediadores que en vida la
hermosura gozan. De seguro, caminando entre sus frondas en llamas, conjúrase la
vida en juego universal de recreaciones y disoluciones, y olvídame entre tus
silencios hondos, junto a la agreste hora en que la belleza prende su vuelo y
adentra el alma hasta los espacios en que te ocultas en tu invisibilidad sellada.

Libre de la esfera del tiempo, de los nombres y de las formas, que encarnan la
realidad que acontece, sólo la sensación de ser permanece.



Cruzo la llanura hasta el sendero que conduce a la vertiente angosta del río,
junto a los aranceles de la memoria y a las aguas que mueren en los ritos de
la tarde, decrecidos ya sus pulsos, cercados por la impronta irreducible del
instante en que el alma se abandona a sí misma: noche de los incendios
esplendorosos y de los susurros volátiles, morada del arrobamiento, tú y yo,
siéndonos uno, sin palabra, sin conquista. El corazón crepuscular del alba
se expande entonces hasta la inquietud de las enramadas. Agudiza el río su
curso y el día adviene. Tú escribes, en el espacio de los gozos indescriptibles,
los ecos del alma y este poema de laberíntico curso.

Algo se extinguió en los arenales del día y de la noche. Miles de voces estallan
y el silencio adviene. Nada destella en forma de imagen o de hecho. Ni el espacio
ni el tiempo poseen un nombre que les reclame. Abatida la memoria, consumido el
aceite de los deseos y sus frutos inferentes, antes de la percepción del mundo,
de las palabras y de los gestos que lo fundamentan y ciñen, del tejido del tiempo
de ondulados enjambres y tramposas licencias, del susurro de los valles enjaezados
de marzo, de los vacíos y fertilidades de este suelo quemado por el sol, en donde
maduran los dioses y las plegarias apasionadas de los hombres, ¿qué era yo?.


El río cede sus aguas a la noria que da forma y sentido a la tarde. El movimiento
de las aguas fascina al ojo. Los ánades esplenden en el aire y funden su vuelo a
los fulgores de la tarde inquieta. Los pulsos se desnudan y cesan los sentidos.
¿Dentro?… ¿Fuera?… Nada disturba la plenitud de este instante en que el mundo
y sus esfuerzos ardorosos se disuelven en el silencio, ¿cobijo del alma o región
del ensimismamiento?… Cuando de nuevo surjan los pensamientos, siendo observados,
¿habrá alguien que los contemple?…

Imagino a San Juan de la Cruz en el deseo supremo de lograr el desasimiento que
disuelve el alma en el Amado. Pero no menos me intereso en intuir la apacible
calma de Ibn Arabí en la ardua tarea, no del convencer imposible, sí del exponer
a sus correligionarios sufíes el falaz asunto de la aniquilación del ser. El
abulense desesperando por morir, para vivir en lo Supremo luego; el andalusí,
apacible, entregando a los guiados por el intelecto y sus controversias el suave
néctar de quien ya sólo sabe de lo indiviso. Disueltos, uno y otro, en las aguas
del Amor oceánico, Juan quedóse no sabiendo; Arabí sabe que en el ser no hay otro
a quien conocer, pues sólo él es. Juán vibra en el último balbuceo. Arabí nada busca, es.

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