Mi patria es todo el mundo.

Modas

Cosas de casa

La niña dice que quiere un móvil y yo le digo que no.
Y ella dice que quiere un móvil y yo le digo que no lo necesita.
Y ella dice que quiere un móvil y yo le explico que no tuve uno hasta que cumplí los treinta.

Y ella no dice nada, pero me mira como miró a un escarabajo pelotero que encontró el pasado verano saliendo de un establo. Como le he dicho que no tajantemente, y me he negado en redondo a que entre tan pronto en la vorágine consumista de la telefonía, le he regalado el mío para comprarme uno que sale en la tele lleno de prestaciones y que te blanquea los dientes por medio de ultrasonidos.

El otro era un cascajo pretecnológico que adquirí por obligación cuando Paco el del golpe y los pantanos era cabo, con la pantalla en blanco y negro y el teclado en números romanos. Ella me ha mirado como miró a una babosa fosforescente que localizó en la playa, pero lo ha aceptado.

Una semana después, mientras yo sigo sin encontrar el teclado en mi smartphone cuatribanda, ella con su cacharro ha conseguido entrar en el ordenador de la NASA y desviar un panel solar de la estación espacial para iluminar un geranio que tiene en la ventana. Ahora intenta depilarse las cejas con un láser procedente de un satélite militar coreano.

Yo la miro como miré a aquel matemático ruso que descifró la conjetura de Poincaré, uno de los siete enigmas del milenio, y tras rechazar el Nobel de las Matemáticas y un millón de dólares se metió en el metro y desapareció entre la muchedumbre. No sé si me explico.

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La revolución de los idiotas

¿Un mundo feliz?

Hace poco leí un artículo sobre la evolución de las tecnologías y hasta dónde seríamos capaces de llegar en pocos años. “La revolución del nuevo mundo” lo llamaban. Permitidme que discrepe sobre el uso que algunos encuentran en este nuevo mundo que, para mí, se ha convertido en la revolución de los idiotas.
Empezaré por llamarme futuro estúpido a mi mismo, ya que soy de los que podrían caer ante los “encantos” de esta nueva moda en la que se está perdiendo todo y más. Una moda marcada por la invasión de Facebook, Twitter y WhatsApp, a la que podríamos añadirle un sin fin de nuevas redes y programas absurdos, cuyo principal objetivo es el recavar el máximo de datos de sus usuarios.

Si mi abuela me preguntase por el funcionamiento de Twitter le diría que es algo así como soltar lo primero que se te pasa por la cabeza; literalmente: Es un mecanismo muy simple, básico, con expresiones como: tengo hambre, ¡qué sueño! o algo así como hablar sin decir absolutamente nada.
Podría seguir despotricando contra Facebook, Tuenti, Tumblr, Pero hoy quiero hablar de WhatsApp y de lo que poca gente parece ser consciente y el gran daño que ha hecho. Todavía recuerdo lo que era recibir un mensaje, y más si era de alguien especial, de la sonrisa que podía arrancarme el simple: “un mensaje nuevo” y todo eso del buzón de entrada. Era una ilusión, no algo rutinario. Recuerdo cuando se leían libros en el metro, cuando se escuchaba música o simplemente se observaba el panorama; en vez de encontrarnos auténticos autistas pegados a una pequeña pantalla.

También hubo un tiempo en el que escribías a quien te importaba y no al primero que pillabas en la agenda porque simplemente te aburrías. Las conversaciones se tenían cara a cara, podías ver las reacciones al momento y no tenías tiempo para pensarte una “buena respuesta”. Todo era mucho más natural y se reservaba el derecho a la intriga, a la intimidad.

No estoy exagerando, sé muy bien de lo que hablo con todo esto de la intimidad. Hablo de cuando el término “última conexión” y “el doble check” no existían ni desencadenaban en grandes discusiones; de cuando todo esto de hablar por una maquinita 24 horas al día no provocaba un auténtico dolor de cabeza ni rompía relaciones.
¿Y de quién es la culpa de todo esto? Diría que nuestra y solo nuestra. Quizás al avanzar en este nuevo mundo estemos dando a la vez mil pasos hacia atrás y olvidándonos de qué era eso de mantener la ilusión por volver a ver o hablar con alguien.

>O quizás me haya vuelto loco, sea una exagerado y esté chapado a la antigua; pero estoy seguro de que mientras leíais esto habéis pensado lo mismo que yo. Y es que nuestra felicidad parece medirse con el número de “jajaja” y los miles de “emoticoños” que encontramos en nuestro Iphone de última generación.

O puede que un día, cuando estemos solos en una isla desierta y recibamos cartas de palomas mensajeras aprendamos por fin qué era eso de comunicarnos. Hasta entonces, disfrutad de lo que tenéis, no vaya a ser que se acabe el chollo. O tirad el móvil por la ventana… Mientras tanto seguiré buscando más soluciones.

La madre ha recibido una llamada de teléfono de su hijo que la ha dejado ojiplática. Y no solo por lo que dice, que también, sino porque todavía no ha nacido. Nadie sabe cómo, pero el feto se las ha ingeniado para conseguir un móvil y algo todavía más difícil: cobertura.
Según parece, gracias a las compañías de bajo coste, los bebés ya no vienen de París, sino de países exóticos; y no traen una baguete multicereales con harina candeal y sal del Himalaya bajo el brazo, sino un smartphone con tarifa plana intrauterina.El caso es que el proyecto de chiquillo le ha pedido que le envíe por email la foto de la ecografía, porque quiere ponerla como salvapantallas, y una de su padre para enviársela a través de twitter a otro feto con quien contactó en la última revisión del ginecólogo.
Ni qué decir tiene que la madre no da crédito y, temiéndose una broma radiofónica, le ha pedido una prueba que demuestre su identidad. “No hay problema. Patada al riñón”, ha escuchado por el auricular segundos antes de sentir un agudo dolor en el costado.
Tras la confirmación, ella ha querido continuar la conversación, saber más cosas de él, cómo se siente, cómo se llama, pero no ha sido posible. Al parecer, tenía varias llamadas en espera y le ha prometido que en cuanto tenga nombre se lo dirá, que ha creado una encuesta en Tuenti con varias opciones. También le ha preguntado si lo del cordón umbilical no podría actualizarse con una conexión bluetooth para sentirse más libre. Luego ha colgado.

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Contra el T.T.I.P.

NO A LA LEY MORDAZA

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