Mi patria es todo el mundo.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca

Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Fue el primer hombre blanco que viene a Ojinaga, llegando en 1535 en compañía de otros dos españoles, y un moro Estevanico los únicos sobrevivientes de un naufragio frente a las costas de Florida en 1528. Era el segundo al mando en la expedición nefasta de Pánfilo de Narváez, encargada de explorar Florida y reclamar su territorio para España. Su valor, constancia y resignación en los trabajos, así como la humanidad con que trataba a los indios, prueban que tenía tan excelente y bondadoso corazón, como aventajadas dotes de guerrero.

Nació en Jerez de la Frontera Cádiz hacia 1490, y era nieto Pedro de Vera, a quien los Reyes Católicos Doña Isabel y Don Fernando concedieron la conquista de las Islas Canarias, en cuya empresa, que no consiguió llevar a cabo. Curs0 medicina en Sevilla.

Tuvo dos hijos. Uno de ellos fué padre de Álvaro, habido con Dona Teresa Cabeza de Vaca, señora de ilustre linaje. En sus primeros años debió emplear en servicio del estado, puesto que ejercía el cargo de tesorero del rey en Sevilla en 1527, cuando se decidió a partir para las Indias con Pánfilo de Narváez, que se dirigía a conquistar la Florida. Partió la expedición, en la cual ejercía los destinos de tesorero y alguacil mayor, del puerto de Sanlúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527, y después de haber llegado sin novedad particular a su destino y batido en un primer encuentro a los Indios Apalaches, tuvo tan mala fortuna, que los seiscientos españoles que la componían perecieron, excepto cuatro, que fueron Álvar Nuñez, Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes, y el esclavo negro Esteban de Azamor, quienes debieron el salvar la vida al estado de flaqueza y extenuación en que estaban, por lo cual no los creyeron los indios de provecho para comérselos.

En 1527 fue miembro de una expedición que tenía por finalidad la búsqueda de oro, integrada por 300 hombres y capitaneada por Pánfilo de Narváez. Dicha expedición llegó a la bahía de Tampa hacia abril de 1528, y de allí se dirigieron por tierra hacia México. Fueron muriendo muchos de los integrantes de este grupo, por lo que se convirtió en jefe de estos conquistadores. En una isla los indígenas los capturaron.
Cuando Narváez perdido sus barcos y sus hombres, y luego desapareció, Cabeza de Vaca se hizo cargo del puñado de sobrevivientes, cuyo número se redujo a casi nada por ataques de los indios, el hambre, las enfermedades y accidentes, hasta que sólo los cuatro hombres que finalmente hizo su camino a Ojinaga se quedaron.
Se dedicó en tan lamentable situación a curar las enfermedades de aquellos naturales, en lo cual tuvo tal suerte, que logró captarse el aprecio y respeto de aquellas tribus, que lo miraban, así como á sus compañeros, cual á seres sobrenaturales, pero lo que no admite duda es que con la fama que adquirieron los cuatro españoles, pudieron gozar de completa seguridad y correr la tierra, siendo perfectamente recibidos en todas las tribus, y de una en otra vinieron a parar a San Miguel de Culhuacan, en la costa del mar del Sur, después de una peregrinación de cerca de diez años: de allí pasaron a Méjico, de donde regresó a España.

No conforme con los anteriores adversos sucesos, solicitó y obtuvo del emperador Carlos V la gobernación del Paraguay con título de Adelantado, obligándose a continuar el descubrimiento, conquista y población de aquel territorio. Partió nuevamente de Sanlúcar á 2 de noviembre de 1540 con 700 Españoles y un buen número de aventureros hidalgos, y después de haber reconocido el cabo de San Agustín, el puerto de Santa Catalina y la entonces casi desierta Buenos Aires, continuó por tierra su camino, explorando todo el país, y llegando á la Asunción el día 11 de marzo de 1542, tomó inmediatamente posesión de su gobierno.
Procedió al arreglo de la colonia, nombrando su Maestre de Campo a Domingo Martínez de Frala, a quien encargó proseguir los descubrimientos hasta ponerse en comunicación con el Perú: hizo salir una expedición al mando de su sobrino Alonso Riquelme á conquistar la provincia del Ipané, y por último, marchó con otra en persona a explorar el país y buscar minas.

Después de seis años de cautiverio, él y otros tres expedicionarios lograron huir en 1535, y recorrieron el sudoeste estadounidense y norte de México hasta llegar a un poblado a orillas del Río Sinaloa. A su regreso a España en 1537, la corona lo nombró Adelantado Gobernador del Virreinato del Río de la Plata. Entre 1541 y 1542 estuvo al frente de una expedición que recorrió el sur de lo que es hoy Brasil, hasta Asunción. En esta expedición descubrió las Cataratas de Iguazú. En 1544 volvió a España bajo arresto por oponerse al uso de tanta barbarie hacia los indios, allí lo desterraron y enviaron al África, hasta 1556 en que obtuvo el perdón por parte de Felipe II, quien lo nombró presidente del tribunal supremo de Sevilla. Tomó los hábitos y se radicó en un monasterio sevillano.

Archivo:Monasterio de San Clemente (Sevilla). Claustro.jpgDurante sus viajes tuvo serias desavenencias con los oficiales reales, particularmente con el contador Felipe de Cáceres, hombre inquieto y mal acondicionado, quien estaba al frente de una conspiración dirigida a despojarle del mando. En efecto, no bien regresaron a la Asunción, cuando, aprovechando los conjurados la ocasión de hallarse enfermo en cama, le sorprendieron en su posada.

Resistió a ello, hasta que Jaime Requin, uno de los amotinados, le puso una ballesta armada al pecho, le amenazó con la muerte. Entregó entonces su espada a Francisco de Mendoza; en seguida, asiendo de él, le pusieron un par de grillos y encerraron en una oscura cuadra de la casa de García de Venegas, juntamente con su sobrino Riquelme, el Alcalde Mayor Pedro de Estupiñán y otros capitanes y caballeros á quienes prendieron también, poniéndoles cincuenta soldados de guardia. Apoderados del gobierno, nombraron Capitán general a Domingo de Trala, quien, aunque se excusó cuanto pudo, hubo de ceder a la fuerza, admitiendo el mando para evitar mayores excesos, el 15 de diciembre de 1543.

Sus enemigos formularon el proceso, y terminado éste al cabo de diez meses de sufrir una dura prisión, le embarcaron para España, acompañado del Veedor Alonso Cabrera y el Tesorero García Venegas, encargados de sostener ante el Consejo de Indias la acusación. Llegaron a España después de sesenta días de navegación, y el emperador mandó poner preso a Cabrera y Venegas, de los cuales el primero enloqueció y el segundo murió en la cárcel antes de sentenciarse el proceso, del que salió sentenciado a privación de oficio y a seis años de destierro en Oran con seis lanzas; pero apeló, y fue en revista absuelto. Allí vivió hasta su fallecimiento.
Muere en Sevilla en 1560 rehabilitado por Felipe II; gozando del aprecio general, pues ejerció la primacía del Consulado con mucha honra.

Escribió dos obras, una la relación de su expedición á la Florida, con el título de Naufragios, que se imprimió el año de 1555 en Valladolid, y la segunda los Comentarios de su gobierno, que extendió el escribano Pedro Fernández, y vio la luz pública juntamente con la anterior; libro curiosísimo y en extremo apreciable para conocer el modo de vivir y costumbres de los Indios de las tribus salvajes en tiempo de la conquista.

En Ojinaga, se le recuerda por haber plantado la cruz, que es el símbolo por el que se identifica en las pinturas y dibujos de él, en la cumbre de la cercana Sierrita de la Santa Cruz – que se deriva el nombre de la cruz y que actúan.
Cada año en Ojinaga, en el día de la fiesta de la Santa Cruz, en mayo, los bailarines matachines cabo en una ceremonia que probablemente se remonta a la época de su llegada y antes, cuando no era probable una celebración de la vieja religión india que se aprobó en la parafernalia de la religión católica después de la hora de Cabeza de Vaca. 

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Alvar Nuñez Cabeza de Vaca (c.1490-c.1557)

The journey of Alvar Nuñez Cabeza de Vaca remains one of the most amazing feats of exploration in the Americas.

Cabeza de Vaca was born into the Spanish nobility in 1490. Little of his early life is known, except that he made his career in the military. In early 1527 he left Spain as a part of a royal expedition intended to occupy the mainland of North America.

After their fleet was battered by a hurricane off the shore of Cuba, the expedition secured a new boat and departed for Florida. They landed in March 1528 near what is now Tampa Bay, which the expedition leader, Pánfilo de Narváez, claimed as the lawful possession of the Spanish empire.

Despite this confident declaration, the expedition was on the verge of disaster. Narváez’s decision to split his land and sea forces proved a grievous error, as the ships were never able to rendezvous with the land expedition. The party soon overstayed its welcome with the Apalachee Indians of northern Florida by taking their leader hostage. Expelled and pursued by the Indians, suffering from numerous diseases, the surviving members of the expedition were reduced to huddling in a coastal swamp and living off the flesh of their horses. In late 1528, they built several crude rafts from trees and horse hides and set sail, hoping to return to Cuba.

Storms, thirst and starvation had reduced the expedition to about eighty survivors when a hurricane dumped Cabeza de Vaca and his companions on the Gulf Coast near what is now Galveston, Texas. They were initially welcomed, but, as Cabeza de Vaca was to remember, “half the natives died from a disease of the bowels and blamed us.” For the next four years he and a steadily dwindling number of his comrades lived in the complex native world of what is now East Texas, a world in which Cabeza transformed himself from a conquistador into a trader and healer.

By 1532, only three other members of the original expedition were still alive — Alonso del Castillo Maldonando, Andrés Dorantes de Carranca, and Estevan, an African slave. Together with Cabeza de Vaca, they now headed west and south in hopes of reaching the Spanish Empire’s outpost in Mexico, becoming the first men of the Old World to enter the American West. Their precise route is not clear, but they apparently traveled across present-day Texas, perhaps into New Mexico and Arizona and through Mexico’s northern provinces. In July 1536, near Culiacán in present-day Sinaloa, they finally encountered a group of fellow Spaniards who were on a slave-taking expedition. As Cabeza de Vaca remembered, his countrymen were “dumbfounded at the sight of me, strangely dressed and in company with Indians. They just stood staring for a long time.”

Appalled by the Spanish treatment of Indians, in 1537 Cabeza de Vaca returned to Spain to publish an account of his experiences and to urge a more generous policy upon the crown. He served as a Mexican territorial governor, but was soon accused of corruption, perhaps for his enlightened conduct toward Indians. He returned to Spain and was convicted; a 1552 pardon allowed him to become a judge in Seville, Spain, a position which he occupied until his death in 1556 or 1557.

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A Hero for all Time

Bartolome de Las Casas was a simple Spanish priest, willing to risk all, including his very life, in order to blow the whistle on the first and one of the worst incidents of modern genocide, a wave of cruelty, greed and destruction that swept mercilessly across both continents of the so-called New World, beginning with Columbus’s first voyage. Las Casas pulled no punches, told it all, peeling off the heroic facades that have been perpetuated by generations of jingoists and schoolteachers regarding Cortez, Columbus, Pizzaro and other explorers and conquistadors.

He arrived in the Americas in 1502 with Nicolas de Ovando’s expedition. After journeying to Rome to be ordained a deacon, he returned to the Indies and became the first priest ever ordained in the Americas. He accompanied Diego de Velasquez on his expedition to conquer Cuba and was granted land and the slave labor of the Indians living on it in return for his services.

The encomienda system, devised by the Spanish to force the labor of the conquered Moors, amounted to slavery. Spanish officials ceded lands to the conquistadors, and those who lived there were forced to work on it. Las Casas appeared to be well on his way to becoming just another acquiescent encomendero, but his disenchantment with the system was festering beneath his calm surface.

On Pentecost Sunday, 1514, Las Casas turned “traitor to his class,” preaching a sermon condemning Spanish treatment of native peoples. He subsequently freed all his slaves and began advocating on behalf of Indian people.

For forty years, he was to witness Spanish atrocities rivaling the darkest days of the Third Reich or the Gulag Archipelago. In his tell-all book The Devastation of the Indies, he speaks of Native men, women and children being burned alive, sometimes thirteen at a time to represent Christ and his Apostles, of shops specializing in human flesh sold for dog food, horror stories of rape, torture and murder. Las Casas tells of entire families committing suicide to escape the cruelty of the invaders.

According to Las Casas, captains of slave ships could navigate by following the trail of the dead cast overboard by the ships ahead of them. Entire populations of inoffensive people who had approached the Spaniards in a spirit of friendship were annihilated by disease and genocide. Thousands were worked to death as slaves in the mines and sugar plantations of the Americas.

Rather than condemn the acts of individual conquistadors and encomenderos, he attacked the entire system. Standing before Charles V of Spain, he demanded an end to the military conquest of native peoples and their enslavement.

Central to Las Casas’s struggle for Native American rights were the famous Valladolid Debates of 1550-1551, during which he contradicted the arguments of the Spanish philosopher Juan Gines de Sepulveda who attempted to justify the enslavement of indigenous peoples on Aristotelian and Humanistic grounds that such actions were justified to uproot such real and imagined crimes against nature as idolatry, sodomy, cannibalism and human sacrifice, and that slavery can be an effective instrument for Christian conversion. In Sepulveda’s view, certain races lack the power of reason and, therefore, are naturally predisposed to slavery and bondage.

Las Casas argued that the Aristotelian/Humanistic tradition did not apply to Native American people, who demonstrated that they did, indeed, possess the capacity for reason and that they should be peacefully converted to Christianity. He declared that individuals are obligated to prevent the mistreatment of innocents. The debate caused Las Casas to be regarded as a lone voice crying out for the rights of indigenous peoples in an age of brutality, enslavement and genocide.

Pope Paul III issued a papal bull sublimis deus in 1537, proclaiming the rational humanity of natives and demanding protection for their lives and property. The New Laws of 1542, issued by Charles V, forbade Indian slavery and the transfer of encomiendas by inheritance, thus, hopefully eventually abolishing the system. Las Casas was officially appointed Protector of the Indians.

In 1544, Las Casas was made Bishop of Chiapas in southern Mexico. He outraged many communicants by denying absolution for sins to anyone failing to free their slaves and provide them with restitution. For this, his life was threatened. Those possessing wealth and power seldom relinquish it peacefully. In 1552, Las Casas returned to Spain and published Devastation of the Indies. The book is not for the weak of heart or stomach, describing in gruesome detail the atrocities committed in the name of a Savior who would never countenance such actions, but overlaying an all consuming hunger for gold, land and wealth.

While the New Laws decreed humane treatment of indigenous peoples, they were largely unenforceable, given the distance of the colonies from the mother country, and the plight of Native Americans improved only slightly. And yet Las Casas endures as one of history’s first and most effective whistle blowers, a hero for all times.

Remembering the barbarism of Christopher Columbus, I have scratched out his name on my kitchen calendar and penciled in “Father Bartolome de Las Casas”.

EL PARAÍSO from anabel amiens on Vimeo.

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Nada hay cuidadosamente ocultado que no haya de revelarse
ni secreto que no llegue a saberse”. Evangelio de Lucas 12:2

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